Crítica de poesía

Igitur, de Stéphane Mallarmé | Traducción de José Miguel Barajas

Igitur, Stéphane Mallarmé | AUIEO

Igitur, Stéphane Mallarmé | AUIEO

Stéphane Mallarmé
Igitur
Traducción de José Miguel Barajas
Paréntesis de Tedi López Mills
AUIEO

Por Emmanuel Ruiz C.

ccc

Formas del azar: máquinas, juegos, subterfugios para conocerlo el hombre ha inventado por centenas. Incluso hoy que las computadoras pueden generar patrones azarosos (con todo lo contradictorio que esto suena) los criptógrafos reconocen en los dados un sistema fuertemente impredecible, es decir, una herramienta poderosa para entrar en contacto con ese abismo del cual dijo Mallarmé no sería domesticado/

colgado                       antes de comenzar este texto quise ligarlo a otro juego que me sugiriera algún procedimiento, alguna línea central para seguir: una baraja de Tarot. No hablaré de la lectura ni de las pistas particulares que de ella obtuve, en cambio, daré cuenta de un par de cartas: la primera en aparecer fue el arcano xii, el Colgado. En ciertas barajas antiguas esta figura se representó pendiendo de una pierna y sosteniendo en ambas manos unas bolsas rebosantes de monedas. Así dibujado, era llamado «el traidor». El mazo que usé, con dibujos de Paul Huson, cuenta precisamente con esta representación , si bien mantiene el título más común del triunfo. A partir de ahí la línea que señala al traductor y su trabajo pasa por un lugar harto común. La segunda carta que apareció fue el arcano II, la Sacerdotisa, también llamada La Papisa, que ha sido asociada con la preservación y revelación de una sabiduría oculta, y con el conocimiento interior/

al parecer, no se puede confiar en los amigos, pero tampoco en el tiempo; uno pasa varios años en compañía de los primeros, les hace confidencias, los procura y hasta mima, a su manera. Al final, lo único que se pide es un pequeño favor: quema mis textos. Y no: ni ese pequeño favor se nos concede: «queme, dijo Rimbaud en carta a Paul Demeny, el 15 de junio de 1871, así lo deseo, y creo que respetará mi voluntad como la de un muerto, queme todos los versos que fui tan tonto como para obsequiarle durante mi estancia en  Douai». Más conocido es el caso de Kafka y Max Brod, como dice Hugo Mujica: «el mismo pedido, la misma incineración de su obra, para recibir al fin la misma traición». Por otra parte, Borges pergeña, en el Tema del traidor y del héroe, un conspirador de nombre Kilpatrick que acaso sea Julio César reencarnado; una serie de paralelismos señalan un circular acontecer que, como era caro al argentino, parece negar la  realidad del transcurso; así, hay una torre que se quema en los sueños de la mujer de César y en el pueblo natal de Kilpatrick la víspera del asesinato de ambos, por ejemplo. Pocos años después otro célebre argentino daría una forma distinta a esta idea y escribiría con ella un cuento cuyo título sintetiza la luminosa intución: Todos los fuegos, el fuego.                                         arcano xvi

{Parece que me aparto, pero en realidad me acerco. Lo que hoy nos une aquí es otra manifestación de esa ciclicidad que, si no es metempsicosis o eterno retorno, acaso sea otra expresión, entre infinitas posibilidades, de ese azar que un niño tratará de conjurar en un rito representado para sus ancestros pero dirigido a su descendencia, que es, seguramente, la humanidad posterior a él}:

igitur: por lo tanto,  gemelo oculto del famosísimo «ergo». ¿Por qué titular una obra como una conjunción? La gramática dice que conjunciones y preposiciones tienen función pero carecen de significado. Es decir, si los sustantivos son las cosas en el mundo y los verbos los nombres que damos a la acción, aquellas palabras sirven «solamente» para unir entre sí a los entes sustanciales, careciendo ellas mismas de sustancia. Esto es difícil de imaginar; después de todo, un hilo es un hilo, posee una sustancia, aunque delgada o ínfima, si se quiere;

hilo: por razones de su regularidad, uno de los primeros verbos que se enseñan cuando se quiere aprender griego es λύω, ligar, unir, origen del verbo «liar» y de palabras como «alianza» o «aliado», e incluso «aleación», todo a través del latín alligare. Hilo que acaso no sea, Mallarmé lo sabe, «sino la prolongación absurda del ruido del cierre de la puerta sepulcral del que la entrada de este pozo recuerda la puerta». En efecto, el texto es ese sitio oscuro y hondo: pozo donde el lector osado, o bien determinado hasta en sus movimientos más pequeños por un designio que no alcanza a comprender pero al cual se entrega por entero, sabiéndose así lance o movimiento o trozo de una vastedad en cuyo seno se descubre pequeñísimo y fundamental, penetra para, al perder de vista los fragmentos del mundo donde se refleja perder también las ideas de sí que lo siluetan y limitan:

se trata sin duda del espacio oscuro en el seno de la posibilidad, justo en medio de los términos de la existencia, según la conocemos: igitur, puente que conecta el pensamiento y la existencia, el cogito con el sum y así fomenta un tipo de equilibrio, no por ello menos azaroso:

del lado de Mallarmé hay un texto destinado a la hoguera y que, no obstante, recibe la traición de su rescate del fuego: 170 años después el fuego que no ardió consumirá la mente de un joven que sentirá el imperativo de seguir la música del hechizo mallarmeano como una deuda inamovible consigo mismo: así, el espacio y tiempo divididos por la presencia del espejo se volatilizan, y todos los fuegos se unen, a través de una traición que así parece necesaria, en el fuego único de este texto, esta traducción, este volumen alrededor del cual, como la mariposa mística de Rumi, giramos encandilados antes de que un ancestral soplo nos devuelva al lado helado del espejo/

pereat mundus                                                                                          intento, como Igitur, proceder por analogía e imagen y no por deducción: «la razón quiere que el poeta prefiera la rima a la razón», dijo Paul Valéry, en uno de los muchos pensamientos que dedicó a analizar la manera en que el sonido es, por sí mismo, un sentido más hondo, más anclado a nuestra biología que nuestro aparato racional, y a cómo éste aporta un sustento estructural al poema del cual su tejido de imágenes y tropos no alcanza a dar cuenta completa, por ello::

la puerta del sepulcro debe abrirse para que su sueño se haya explicado: múltiples son las maneras de abordar la traducción y, particularmente laberíntica, la de los textos de este autor obliga a quien la emprende a confrontarse, no sólo con sus límites en el dominio de una lengua o a los escollos que su poca o mucha experiencia le permita salvar, sino, de manera más pertinaz, a las fronteras mismas del lenguaje y el discurso; a la relación entre sonido y sentido, siempre oscurecida por aquella faz del primero sobre la cual, como ocurre con la luna, nunca admite el resplandor del logos: así como Igitur deja la recámara y se pierde en las escaleras (en lugar de bajar a horcajadas sobre la baranda), Miguel Barajas, al momento de enfrentar el sepulcro abierto, el vial que encierra la substancia de la nada, el telón detrás del cual se muestra un teatro de sombras (o ancestros) en todo descendiente de Platón, no toma el camino, plagado, como el regreso de Odiseo, de monstruos (ambigüedad, fragmentariedad, oscuridad léxica, simbólica y sintáctica) que amenazan de naufragio al ariete habitual del traductor; prefiere asumirse, bajo el auspicio de los siempre mudos peces dobles, suerte de Igitur menor y escuchar las voces de su ancestro venerable, así:

«cuando los soplos de sus ancestros quieren apagar la vela, (gracias a la cual tal vez subsisten los caracteres del grimorio) –él dice ‹¡No todavía!›». «Somos bestias de suspiros, musicales, amamos la danza y nos recreamos en el canto. He ahí el mito: la escritura es un baile interior», dice Miguel Barajas, en el escorzo de un ensayo. Y Steiner, por su parte: «escuchar atentamente es experimentar, siempre de manera imperfecta, la posibilidad de que el orden de las palabras, especialmente en la métrica y en el sistema nervioso métrico que hay en la buena prosa, refleje, quizá sostenga la coherencia del Cosmos, oculta pero manifiesta»/                 ruat caelum

hay, entonces, de traiciones a traiciones; de fuegos a fuegos. Traiciones tan distintas como la del fuego que no se cumple y la de la traducción; no obstante, ambas coinciden en que hay palabras o conjuntos de palabras que merecen otra cosa que «la exaltada redención del olvido», que diría Kafka. Hay también distintos hilos: hilo fue el de la tela arácnea que se filtra en el tapiz de Igitur y trae a cuenta el origen mitológico de esas imperceptibles tejedoras, asociado a la soberbia de quien pretendió desafiar a la de ojos de lechuza. ¿Fue en esencia distinta esta pretensión de la del niño que quiso domesticar el azar?: locura de Elbehnon, folía, soberbia o hybris, pero locura útil, dice Mallarmé, locura, añado yo, acaso necesaria: la telaraña, a diferencia de las ruinas abandonadas que testimonian, en el mito, el fracaso de Babel, es una metáfora productora de sentido: representa los nexos inconsútiles entre las cosas; muestra que el mundo acaso no sea un sinsentido para el iniciado::

la de Mallarmé es la promesa de la Gran Obra alquímica que será siempre, sin embargo, obra negra: una ambición tan grande, o bien, una visión tan completa, que el lapso de una vida humana fue insuficiente para escribirla. El grimorio es, pues, fragmentario. Pero estamos condenados a intentar la erección de una escalera al cielo/

la sacerdotisa sostiene entre las manos un texto y, tras ella, se extiende un velo que los ocultistas asocian con el de Isis: espejismo del mundo que encubre bajo la multiplicidad aparente la unidad de todas las cosas. En un mundo que se percibe crecientemente oscuro, o laberinto interminable y ciego, Igitur es un edificio luminoso, no menos excéntrico que el proyecto de ciudad al que debía pertenecer, y sobre cuyas dimensiones y sentidos más profundos puede sin duda todavía alumbrar/

hay azar, no cabe duda, en todo lo que hacemos: el tablero es tan vasto y las reglas de alcances tan inmensos que no podemos sino percibir un juego del caos allí donde algunos han logrado la explicación órfica o la videncia y han robado el fuego para que, en su danza, las sombras que produce nos recuerden el poder del rito y la canción que debemos tanto a los antepasados como a aquellos que habrán de sucedernos. Igitur pasó y pasa cíclicamente el umbral de la vicisitud del héroe: ha tendido cuerdas de campanario a campanario; guirnaldas de ventana a ventana; cadenas de oro de estrella a estrella, y danza/

nada                                                                                                       condenenado al fuego acerbo, como en el texto del Requiem, pasó por la traición del rescate y de su conversión al español centrada en la danza de las palabras, sus secretas hebras, sus resonancias. Sin el lance del cubilete no tendríamos Obra abierta ni John Cage ni quién sabe cuántas maravillas. Los dados han sido lanzados; la deuda, saldada y los personajes puestos en el teatro, armónicos lejanos de lo que hace mucho Mallarmé  prefiguró::

                                                                       :: henos aquí::

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