Crítica de narrativa

Dar las gracias no es suficiente, de Carlos Bortoni

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Carlos Bortoni
Dar las gracias no es suficiente
Sediento Ediciones
2015

Por Luis Bugarini

El capitalismo se encarna en una secuencia de miserias que afectan a quienes no son propietarios de «los medios de producción», para utilizar la terminología marxista. Succiona la capacidad laboral de los jóvenes y, a la manera de un intestino, termina por expulsar a los mayores a su suerte. Difícil escapar a esta condena, no obstante los esfuerzos por integrar un aparato de seguridad social con el mínimo de solidez, a efecto de paliar las consecuencias agónicas de una vejez en la miseria.

Carlos Bortoni (ciudad de México, 1979) relata en Dar las gracias no es suficiente (Sediento, 2015) la historia del señor González, quien «entra a trabajar» como empacador a una tienda de autoservicio, a través de un programa de integración para adultos mayores —entrecomillo porque es una fuerza laboral sin salario y cuya única fuente de ingresos son las propinas de los clientes. El relato oscila entre la puesta en evidencia de estas sinrazones, invisibles para la mayoría, y la posibilidad irónica de reírse con la tragedia. Sin éste último aspecto, el libro habría derivado en una historia dickensiana, en donde la tragedia de Oliver Twist o David Copperfield se leería trasladada al México moderno.

Esta novela sigue a Perro viejo y cansado (Nitro Press, 2014), relato hipnótico de un perro nómada y permite deducir que Bortoni será un novelista de mirada singular y acaso única. Es una prosa saltarina de trazo imprevisible. El lenguaje es funcional aunque sin llegar al corte de sable, sin encrucijadas ni andamiajes «posmodernos», y si bien el uso de los tres puntos seguidos termina como un vértigo para el lector, logra germinar una narrativa de sello personal. Dar las gracias… será el ariete que le permitirá a Bortoni abrir su proyecto hacia tramas más complejas y distendidas. Podría asegurar que el resultado sorprendió al propio autor. El señor González padece las inquinas de la vida laboral —celos, envidias, rencores, fuego amigo—, pero se encuentra en una situación desventajosa: la edad. Imposible retar a golpes a un joven treinta años menor. La experiencia y la astucia, entonces, se vuelven las únicas herramientas de subsistencia, lo cual no difiere a una estancia en la cárcel. Estos segmentos de invisibilidad humana nos rodean. Fuera de la plaza, los cines, las vitrinas de los centros comerciales, existen y sobreviven miles de individuos que, fuera del aparato productivo, buscan la subsistencia y, derivado de ello, su vida se acorta y la desilusión se vuelve un estado generalizado.

Imagino esta novela como una denuncia y a un tiempo divertida. El temperamento hispánico heredado autoriza burlarse de los otros, siempre que se guarde la discreción debida o, en su defecto, que el ingenio y malevolencia para hacerlo logre el consentimiento de los presentes. Dar las gracias… es un relato de doble filo y lectura. Arma y desarma, anda lejos y vuelve sobre el mismo punto. Pasa de largo ante la posibilidad de otorgar la epifanía final al protagonista, lo cual se agradece. No encuentra a Jesucristo, ni llega a conclusiones sobre el valor de la amistad y menos aún se entrega a las felicidades de un valor absoluto. El juego de la sobrevivencia no admite caminos laterales y menos aún atajos. Se enfrenta a diario o se declina para siempre. El señor González admite continuar y no hay modo de reprochárselo. Es la historia de todos.

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