Bitácora-Tangente/Miscelánea

The Fall

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Por Pablo Ramírez Morales

Uno de los géneros narrativos que tiene más adeptos es el policíaco. Desde el Sherlock Holmes de Conan Doyle y el detective Auguste Dupin de Edgar Allan Poe, los investigadores criminales gozan de una distinguida reputación y despiertan la admiración de los lectores, por su inteligencia, astucia y capacidad de encontrar en el detalle más mínimo, el hilo que desenrolla la madeja del caso. Así como los lectores, los televidentes igualmente tienen entre sus consentidos a los agentes especiales, detectives secretos, policías hiperperspicaces, pues series como CSI han durado al aire en Estados Unidos largas temporadas.

Ahora bien, dentro de la narrativa policíaca, las historias de asesinos seriales introducen elementos que potencializan los recursos propios del género: múltiples víctimas y la inminencia de que en cualquier momento aparezca una nueva; un villano con un trastorno psicológico, que lo lleva a escoger víctimas con similares características (de género, edad, posición socioeconómica, nivel académico), las cuales probablemente están relacionadas con el origen de ese trastorno. En esta vertiente, quizá la serie más exitosa de los últimos tiempos sea Dexter, así como una película emblemática para mi generación, como Seven, en la que Kevin Spacey interpreta a uno de los psicópatas más hijo de puta de la historia.

El caso es que hace poco nos recomendaron una serie de la BBC y que Netflix llevó al mundo del streaming (al día de hoy con dos temporadas, de cinco y seis capítulos), titulada The Fall con Gillian Anderson, mejor conocida como la agente especial Dana Scully, y Jamie Dornan, ahora famoso por personificar al millonario excéntrico Christian Grey, lo cual no es ninguna casualidad, dado el personaje que interpreta en esta serie.

Yo no soy muy aficionado al género policíaco (con todo y que es básico para entender la construcción de personajes y el desarrollo de tramas a través de sucesos concatenados como causa y efecto), pero aún así The Fall me parece verdaderamente excepcional, sobre todo porque el peso dramático reside en un desenvolvimiento moroso de los personajes, lo cual genera un ritmo aparentemente lento. De entrada, descartamos que el hilo conductor de la trama sea la búsqueda del asesino, pues desde el mismo principio sabemos quién es: Paul Spector, especialista en terapia de duelo, padre de dos hijos tiernos, esposo de una mujer mucho menos guapa que él. Asimismo, el espectador sabe que se trata de un asesino en serie antes que la policía de Belfast.

Como dicho cuerpo se ve rebasado por las circunstancias, desde Londres viaja la agente Stella Gibson, cuarentona, soltera, feminista, sexualmente desinhibida y emocionalmente invulnerable (a los pocos minutos de que entra en escena invita a otro agente a su cuarto de hotel; además, sabemos que tuvo un amorío con el jefe de la policía irlandesa, es decir, quien le asignó al caso). Es ella quien, al relacionar elementos comunes de dos homicidios, elabora la teoría de que son hechos conexos y probablemente ejecutados por la misma persona, por lo cual un nuevo suceso trágico es más que posible, aun cuando es absurdo saber cuándo y dónde.

A partir de ahí vemos a Stella y a Spector trabajar en paralelo: a éste planeando meticulosamente su próximo ataque, acechando a su víctima, investigándola en internet, cuidando cada detalle de forma obsesiva; ello, además de que sortea una doble vida, como profesionista y hombre de familia. A Stella poniendo en práctica todos sus recursos, experiencia y colmillo para prevenir un nuevo homicidio y encontrar al asesino.  Pero no sólo eso, sino que a partir de sus métodos de trabajo (por así decirlo en el caso de Spector) se van revelando aspectos de la personalidad de cada uno; y ése gran acierto en la construcción de la historia, genera un interés un tanto morboso. Ese es el desenvolvimiento de los personajes, hasta descubrir los perturbadores secretos que escondían detrás de sus fachadas de tipos duros.

Persecutora y perseguido son una especie de álter ego recíproco, por lo cual el duelo de inteligencias es muy estimulante. Pero también son un contrapunto, pues representan valores aparentemente opuestos; sólo que, y aquí está el otro gran mérito del escritor, quien personifica las cualidades que generan empatía es el villano, no el héroe: es físicamente muy atractivo, un padre tierno que viaja de Escocia hasta Belfast sólo para entregarle a su hija las muñecas que olvidó en un hotel, capaz de convencer a una mujer maltratada de denunciar a su marido y mandarlo a la cárcel, además de enfrentarse físicamente con el abusador. El esmero con que limpia y arregla a sus víctimas una vez muertas, produce una especie de perversa y culposa ternuras.

Por otro lado, Stella es el prototipo de servidor público que ha sacrificado su vida personal, quizá voluntariamente y con plena conciencia, por cumplir con sus deberes hacia la sociedad y su país; soberbiamente culta e inteligente, un tanto despreciativa hacia los hombres y opuesta a los usos y costumbres que definen a las sociedades machistas, hacen de ella una mujer superior y bastante pedante; no tiene miramientos para pasar encima de quien sea y lo que sea con tal de lograr sus objetivos profesionales, ni tampoco para cogerse a un compañero de trabajo y luego desecharlo. Aparentemente imperturbable e invulnerable en su esfera más emotiva, hasta que se revelan sus trastornos de la infancia, los cuales, dicho sea de paso, son bastante similares a los de Paul Spector.

A uno termina cayéndole mejor Paul que Stella, y esta subversión produce un goce culposo cuando ésta se rompe la cabeza y se frustra por no poder atrapar a Paul. A lo largo de las dos temporadas hay tres encuentros entre ellos, uno telefónico, uno epistolar y uno frente a frente, este último quizá es uno de los duelos dialécticos más finos e interesantes que he visto en mucho tiempo.

Ello, para darnos cuenta de que, en realidad, todos estamos trastornados de uno u otro modo (Stella le hace ver al jefe de la policía de Belfast que él no es tan diferente al asesino serial como quisiera creer), sólo que unos saben manejar mejor que otros esos traumas. Esta idea se hace evidente, además, en la ubicación de la serie: Irlanda del Norte y la manifestación de esa forma de esquizofrenia nacionalista que se vive al interior de un Estado denominado Reino Unido de la Gran Bretaña e Irlanda del Norte. Todo ello hace de The Fall una historia redonda y contundente.

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