Criticar la crítica

Vindicación polémica de la crítica literaria

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La crítica, Julio Ruelas (1906)

Examen y juicio, valoración, reprobación. Poner en crisis: de ahí que sea tan incómoda. De ahí que sea despreciable, vil, inútil; todo eso es, dicen sus detractores. De ahí también que sea incomprendida. La crítica literaria ya no es leída más que como un vehículo de intenciones extraliterarias. El crítico es siempre el portavoz de intereses políticos y personales; ya no estéticos. No hay crítico que esté libre de esa sospecha, ninguno es confiable; lo serían de no ejercer oficio tan digno de desconfianza como la crítica cuando podrían ser artistas verdaderos escribiendo, dignamente, narrativa o poesía.

No es que la crítica esté en segundo lugar, es que está en el último; es más, se puede prescindir de ella. Luego –continúan las voces lapidarias– lo que importa es la lectura directa que hagan los propios lectores, lo que las obras les revelen a ellos de viva voz, no lo que los críticos les digan de ellas. Tan es así, que de no ser por ese puñado de necios execrables, los críticos, lo ideal sería un mundo sin crítica.

Existe una proposición no exenta de controversia: ¿es la crítica literaria también literatura? Cómo valorar algo que se dice a sí mismo arte y se obstina a la vez en ser aborrecido. Y además, ¿por qué causa tanta aversión? En lo personal, estimo que es por su carencia de mito: ser crítico no es atractivo como sí el ser un “autor”. La crítica sigue siendo el muchacho recatado pero rebelde de la Ilustración, está más lejos de nosotros, por eso le parece ajena a muchos –de muchas maneras prevalecen aún los prejuicios románticos–. Hacer crítica además, no vende como la novela, no es glamorosa como la poesía, no da el aire filosófico que da escribir ensayo (su consanguíneo más cercano).

La mejor crítica puede y debe escribirse, leerse y considerarse literatura, sin duda. O mejor aún: la mejor literatura, la de mayor soberbia y arrojo, es en realidad crítica literaria de la más vigorosa.

Pero vuelvo al punto. La crítica se lee con sospecha, ya no se lee (si es que se lee) como crítica, sino como vehículo de intenciones subyacentes, casi siempre diabólicas. Atribuyéndosele más poderes de los que verdaderamente tiene. Sobre todo, su poder se pone en comparación con el de la mercadotecnia. Criticar un libro es influir en si se lee o no, en si se compra o no, en si se entiende o no. Entonces el crítico es un telépata manipulador y los lectores carecen de libre albedrío.

Sé que sería ingenuo de mi parte no aceptar que existen, desde luego, tentativas particulares por desacreditar y ofender a los autores de las obras criticadas. Lo pobre, creo, es que esa lectura opaque la importancia de la crítica en tanto que se acepte por defecto que todo crítico es un ser indeseable, rencoroso, frustrado, en suma la peor versión de un Sainte-Beuve.

Yo me arriesgo a formular la siguiente hipótesis: en México, a pesar de poder preciarnos de una sólida tradición crítica (Altamirano, Gutiérrez Nájera, Cuesta, Villaurrutia, Paz, Martínez, Joaquín Blanco, Carballo, Escalante, Castañón, Aguilar Mora, etcétera), muchos escritores (y lectores) no comprenden, y se obstinan en no querer comprender, la función de la misma, lo que implica no aceptar tampoco su utilidad seleccionadora: la expresión que conlleva, en sí misma, el temperamento de un autor en particular que defiende una idea de literatura, y al mismo tiempo, aceptar las deficiencias y la parcialidad del individuo que la ejerce.

Aquí una hipótesis de lo que flota en esa idea anómala y compartida por cierta colectividad: el crítico es un sectario elitista y autoritario. No importa que, aunque en su canon haya incluido a esos autores marginales que ya era necesario rescatar, si no tiene tantas páginas dedicadas a ellos como hace con los autores canónicos, el crítico es injusto. No importa que el número de páginas sea homogéneo y proporcional a cada autor, si alguno tiene una crítica desfavorable, y el crítico es un miope.

Las críticas negativas son objeto de mucha atención –y furia– pero paradójicamente se les considera un síntoma de inexistencia de crítica. Los críticos incómodos, los de las revistas de mayor circulación, los tiranos de la imposición canónica no existen entonces, porque no son críticos. ¿No resulta irónico que el mismo procedimiento de omisión del que tantos escritores se quejan sea empleado por ellos contra los críticos?

Como el menosprecio es general e irracional, no es raro que el crítico sí intente ser racional: que sienta la necesidad de justificar su labor, de elevar su oficio al pedestal del más supremo arte, exponer y argumentar las intuiciones que lo han hecho convencerse a sí mismo de ir a contracorriente. Es por eso que cada tanto los críticos se ven inclinados a escribir manifiestos y defensas de la crítica. Las circunstancias los han orillado. Estas líneas, acaso una suerte de un De la reseña como una de las bellas artes, son una prueba más.

En lo particular entiendo esto: crítica es selección, es decir, inclusión, es decir, exclusión. Siempre a partir de un único criterio válido: el del crítico como lector y lo que espera de la literatura. Lo que sus circunstancias le exijan.

El crítico, además, es un lector. Pero se diferencia de los otros lectores en tanto que desea comunicar su experiencia. Sí, experiencia, leer es una experiencia de una magnitud tal que no tiene nada qué pedirle a la “vida real”. Leer es vivir también. Leer Madame Bovary, Ulyses, El rey Lear o Fausto es una de las experiencias vitales más agitadoras que pueda vivir un ser humano. ¿Cómo callar ante eso?

Según creo, la labor del crítico literario consiste en unas cuantas premisas elementales, que no por eso obvias.

Primero. El crítico es un transmisor de su lectura. No porque la suya sea más importante, tenga mayor autoridad o pertinencia que otras; de hecho, es tan falible como cualquiera. Pero es que la lectura que él haga de las obras literarias es lo mejor que tiene y lo mejor que puede ofrecer a un lector. Ésta es una guía que quien lee puede aceptar o no; incluso, compartir las opiniones del crítico o rechazarlas es una forma, al fin, de dejarse guiar. No hay escapatoria; incluso el repudio por sus ideas acabará por determinar el camino a seguir de un lector. El crítico además, vale por sus errores y defectos; tanto que es por lo primero por lo que pasa a la historia, o al olvido.

Segundo. El crítico, además, ha aceptado una renuncia con la que pocos pueden lidiar: invierte mucho tiempo a comentar las obras de otros, cuando podría dedicarlo en ser novelista o poeta. Y pese a ello, sabe que su tarea no es vana. Porque su renuncia es a la vez tan abnegada como vanidosa. Una renuncia que no excluye a la pasión.

Tercero. Pesa sobre él una responsabilidad mayúscula: dar testimonio de la forma de leer en su época, expresarla, sintetizarla y, por qué no, hasta enfrentarla. Si ha conquistado una obra, la ha hecho suya con su lectura y se asume como crítico verdaderamente consciente, está moralmente comprometido a dejar constancia de esa lectura particular, darle un lugar desde su perspectiva, siendo que hasta la omisión es asignar un lugar. Y ejerciendo nada menos que con la autoridad que ha reconocido en sí mismo: la de un lector dispuesto a dialogar con sus semejantes, tanto contemporáneos como los que le precedieron.

Finalmente, me parece que en esto radica la incomprensión sobre la crítica literaria: una visión sobre la literatura no excluye otras, aunque pueda enfrentarlas. Pero casi nadie quiere construir otras. Es más fácil quejarse y lloriquear. Al final, sólo después de leer a muchos críticos puede entenderse que sus provocaciones son una invitación a que los hagamos tragarse sus palabras, a entrar en el debate. Simplemente porque podemos; si ellos pudieron escribir nosotros también; si somos lectores, queramos o no, nos parecemos a ellos. Somos potencialmente ellos.

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Roberto Bolaños Godoy (Aguascalientes, 1989) es ensayista y crítico literario. Estudió letras hispánicas en la Universidad Autónoma de Aguascalientes y ahora cursa una maestría en edición en la Universidad Autónoma del Estado de Morelos. Ha sido columnista de La Jornada Aguascalientes y colabora de manera habitual de la revista Parteaguas. En 2009 fue ganador del Premio Nacional de Ensayo Juan Rulfo, luego en 2011 fue seleccionado para participar en el Curso para Jóvenes Creadores de la Fundación para las Letras Mexicanas, en la ciudad de Monterrey. Actualmente trabaja en su primer libro de ensayo. También es editor de Frontal.

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