Criticar la crítica/Entrevista

Criticar la crítica: entrevista con Jorge Aguilera López

Jorge Aguilera López

En esta nueva entrada de la serie «Criticar la crítica», charlamos con Jorge Aguilera López, destacado joven académico y crítico literario, quien es fundador y actualmente coordinador del Seminario de investigación en Poesía Mexicana Contemporánea. 

El gran reto que afrontamos quienes nos dedicamos a la literatura, y aquí es lo mismo autores, críticos o profesores, es buscar los caminos para que nuestro ejercicio incida, o al menos tenga una presencia significativa, en el espacio social.

¿Acaso existe algo así como un estado de la crítica literaria actual? Si fuera así, ¿cuál es?

Me parece que el primer paso para contestar esta pregunta es saber qué estamos entendiendo por crítica literaria. Si hemos de entenderla como el ejercicio por medio del cual un escritor expone sus ideas sobre un tema determinado, idealmente literario pero no necesariamente, y a partir de allí genera un diálogo con otros actores del mismo campo cultural, en ese caso creo que el estado de la crítica literaria en México es más o menos el mismo que ha existido siempre. Me explico: desde el siglo XIX, tanto el Conde de la Cortina como José Zorrilla, a su paso por México, se lamentaban de la carencia de una escuela de lectores críticos, a pesar de la existencia de la Academia de Letrán. Luego, en las primeras décadas del siglo XX, lo mismo Julio Jiménez Rueda que Jorge Cuesta, cada uno desde su perspectiva y con motivaciones muy distintas, renegaban de la falta de lectores atentos a las obras de su tiempo, en un contexto donde tenemos, al mismo tiempo, a los colonialistas, los contemporáneos, los estridentistas y los narradores de la revolución; todos ellos entendieron la escritura literaria como un espacio para la crítica, baste recordar las polémicas del 25 y del 32 como ejemplos paradigmáticos. Y si seguimos en el siglo XX, son conocidas las quejas de Octavio Paz y de Carlos Fuentes al respecto; las polémicas entre revistas como Vuelta y Nexos, el debate en los años 80 entre Antonio Alatorre y Evodio Escalante, entre muchos otros ejemplos (menciono ahora sólo al vuelo) que podemos tener en consideración para recordar que la crítica literaria mexicana ha existido desde siempre, y que, en todo caso, lo que se ha renovado con el tiempo son los tópicos, los intereses culturales, los nombres, las ideas y las obras, no el ejercicio.

Lo que quiero decir con lo anterior es que la dominante en nuestra tradición crítica es el empeño por negar su existencia, que no es sino otro modo de pretender negarle validez. Desde Ignacio Manuel Altamirano hasta Enrique Serna, la mayoría de los escritores mexicanos han ejercido la crítica literaria según su propia idea de lo que ésta debe ser, pero al mismo tiempo renegando de esa labor. Al parecer, hay un prejuicio, una sensación de menoscabo del amor propio en quien escribe crítica en lugar de estar escribiendo novela, cuento, poesía, teatro, etcétera. Y sin embargo, ese ejercicio es el que ha apuntalado la tradición literaria mexicana; en otras palabras, el diálogo entre autores, condición sine qua non para su desarrollo, no se ha interrumpido.

Si hay una nueva manera de leer, acudiendo a los nuevos dispositivos de lectura, ¿consideras que existan o deban existir nuevos modelos de crítica?

Creo que, como ya se ha apuntado en muchas ocasiones, la idea de que los nuevos dispositivos han modificado los hábitos de lectura es, por el momento, una ilusión. En realidad, en esencia replicamos nuestros modos de lectura tradicionales en los nuevos dispositivos, al grado de que la mayoría de las aplicaciones diseñadas para leer en dispositivos electrónicos, te permiten hacer lo mismo que hacíamos en papel hace 10 años: subrayar, colocar notas, post-it, etcétera.

Lo que sí creo, definitivamente, es que las plataformas digitales han permitido el surgimiento de una mayor cantidad de sitios para la crítica literaria, y eso posibilita que podamos conocer modos distintos de la crítica con la consecuencia saludable de ensanchar nuestro horizonte. Pienso tanto en los sitios digitales de publicaciones en papel (revistas como Crítica o Tierra Adentro) como en los portales totalmente en línea (como el Periódico de Poesía de la UNAM o La estantería). Aunque siempre es necesario advertir que la publicación en páginas web es un arma de doble filo, y la extensión su mayor peligro: en los extremos, puedes leer textos que, en su afán de tener un formato que permita leerlos completos en pantalla, resultan demasiado breves y con nula o escasa argumentación; o bien, artículos que aprovechan las ventajas del sitio para publicar un texto sin limitaciones de extensión, pero que resultan muy difíciles de leer en línea y, por lo mismo, casi nadie lee por completo.

¿Crees que sea necesario establecer diferencias entre la crítica académica y el periodismo cultural? ¿Cuáles serían sus puntos de contacto o de qué manera podrían conciliarse?

Supongo que, aunque es un tema que ha arrojado polémicas muy vastas en muchos lugares y en momentos diversos, la postura es más o menos compartida: desde luego, son ejercicios distintos, pero no necesariamente excluyentes. En el caso mexicano, pienso en Evodio Escalante, quien ejerce ambos géneros con gran solvencia: desde sus libros fruto de una investigación académica exhaustiva, como los que dedicó a Revueltas, Gorostiza o Cuesta, hasta las notas críticas que publica periódicamente en Laberinto de Milenio. En ambos casos, con independencia de la extensión, hay una especie de marca de fábrica: la intención polémica que subyace en ellos. Podemos estar o no de acuerdo con lo que dice, podemos gustar o no de su estilo, pero hay que reconocer que sus ensayos académicos tienen mucho de ejercicio periodístico (por ejemplo, el apéndice a su libro sobre Cuesta) y sus notas periodísticas muestran su extraordinaria formación académica. Creo que él es un ejemplo de cómo pueden empatarse ambos rubros, aunque no es el único, desde luego.

Personalmente, he participado en ambos rubros. He publicado lo mismo textos especializados en revistas y libros académicos que notas más cercanas al periodismo cultural (sobre todo en el Periódico de Poesía, donde colaboro regularmente). Hasta el momento, no he encontrado que sean incompatibles, de hecho creo que ejercer ambos registros permite encontrar un estilo sin la aridez teórica del primero ni la banalidad del segundo, taras que, desde luego, son el mayor problema a los que se enfrentan.

Hace tiempo escuché a Rafael Lemus decir que el cuento es a la novela lo que la reseña al ensayo. ¿Qué opinas con respecto a ese comentario?

Creo que no es un comentario que deba ser tomado en serio. Me preocuparía mucho que el mismo Lemus tenga realmente esa percepción. Claramente estamos hablando de géneros distintos, con intenciones y estructuras diferentes. Si creyéramos en ese dicho, tendríamos que pensar en la extensión como un criterio de calidad, que es lo que implícitamente se entendería en esa frase, y eso, desde luego, carece de sentido.

¿Cuál es el lugar de la reseña en el panorama de la crítica? ¿Qué tan pertinente es hoy?

La reseña siempre será pertinente, de algún modo es el primer registro que tenemos sobre la recepción de un texto literario. Ya después vienen los ensayos, los artículos o las tesis sobre las obras, pero esa primera lectura es muy importante. El gran problema, me parece, estriba en convertir a la reseña en un espacio para repetir lo que todos dicen sobre un libro. Pienso ahora en todas las reseñas que he leído en los últimos meses sobre El karma de vivir al norte de Carlos Velázquez, las cuales repiten, más o menos, lo mismo una y otra vez, y me pregunto cuántos de esos reseñistas han hecho un ejercicio real de lectura del libro. Más allá de que el texto de Velázquez sea un muy buen libro, es uno de los mejores ejemplos que hay actualmente de un autor que todos aceptan como importante, del que se tiene que hablar, y entonces la repetición ad nauseam de los lugares comunes se vuelve un círculo vicioso.

Hay también otros vicios de la reseña muy conocidos: la crítica ad hominem, el elogio a los amigos, la reseña lírica, etcétera; pero, a pesar de ello, creo que es un ejercicio valioso cuando se realiza con honestidad. Y es más interesante aun cuando la reseña es negativa, aunque sea la forma reseña más difícil de escribir, por lo complicado que resulta: si no está bien argumentada, deja muchos flancos abiertos para el ataque. Pero vale la pena intentarlo.

¿Hay lugar para nuevos críticos a partir de la reseña?

Hay lugar para nuevos críticos no sólo en la reseña, sino en todos los espacios propios de la crítica literaria. La percepción de que escribir reseñas funge como una suerte de formación de cuadros para la crítica me parece poco afortunada. Creo que la mayoría de los que nos dedicamos a la crítica literaria empezamos publicando reseñas, pero eso obedece a la necesidad de espacios para publicar: es muy difícil que, de buenas a primeras, te abran las páginas de una revista para publicar un ensayo extenso, así que empezar publicando reseñas es una estrategia antes que una necesidad de formación.

¿Cuál es la relación de la crítica literaria con los hábitos sociales actuales?

Todo depende de qué entendamos por «hábitos sociales». Si los hemos de entender como «lo que pasa en la calle», por usar la famosa frase de Juan de Mairena de Machado, pareciera que la relación es nula. En otras palabras, es obvio que sólo un sector extremadamente reducido de la población tiene algún interés por la crítica literaria, aunque por otra parte esto es una consecuencia lógica de la especialización del conocimiento en la sociedad contemporánea. Creo que justo el gran reto que afrontamos quienes nos dedicamos a la literatura, y aquí es lo mismo autores, críticos o profesores, es buscar los caminos para que nuestro ejercicio incida, o al menos tenga una presencia significativa, en el espacio social. No estoy muy seguro cuál pueda ser la ruta para lograrlo, pero me parece que el aula escolar es el espacio donde lo anterior puede resultar más factible: si es posible mostrar que la lectura de un texto literario puede decir «algo» sobre el mundo al lector, eventualmente sería posible otorgarle un lugar, no necesariamente el más privilegiado, pero sí uno importante, en los hábitos sociales. Desde luego, eso implica una reorganización de las prioridades educativas estatales, y eso es ya otro tema, pero por nuestro lado creo que es posible demostrar que, aunque la relación entre realidad y literatura no necesariamente es mimética, sí puede ofrecer una apertura de la visión de mundo del lector en formación.

Ante la percepción de la crisis de los géneros literarios como denominación, ¿cuál es la función de la crítica?

En realidad habría que pensar si tales denominaciones han sido fijas o estables alguna vez. Desde luego, hay certezas que presuponemos cuando colocamos a un texto determinado en la categoría cuento o novela, por ejemplo, pero no son más que convenciones escolares poco fiables. ¿Un crimen provisional, de Arqueles Vela, dónde lo colocamos? Al intentar clasificar Aurelia de Nerval, ¿estamos seguros siquiera de que es narrativa? Utilizo dos ejemplos de siglos pasados sólo para señalar que el problema no es nuevo. Lo mismo pasa con la poesía o el ensayo. Creo que la ubicación de un texto literario en un género determinado es sólo una herramienta que nos permite indicar cómo estamos leyendo dicho texto, sobre qué base lo estamos examinando, aunque nunca resultará suficiente para decir lo que dicha obra es. Creo que la importancia de este tema es justo hacernos pensar, en todo caso, en la necesidad de tener una disposición de lectura que te permita entender los mecanismos particulares de cada texto y saber si está siendo congruente con lo que él mismo propone. En todo, caso creo que esa es la función principal de la crítica: leer cada obra de acuerdo con lo que ésta pide, no imponer un modo de lectura, sino dialogar con ella.

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Jorge Aguilera López es Maestro en Letras Mexicanas por la UNAM, donde actualmente cursa el Doctorado en Letras. Fue merecedor de la medalla “Alfonso Caso” al mérito universitario por sus estudios de maestría. Es profesor de asignatura en la Facultad de Filosofía y Letras y en el Centro de Enseñanza para Extranjeros (CEPE) de la UNAM. Es parte de la coordinación editorial del Periódico de poesía de la UNAM, donde colabora regularmente. Forma parte del Seminario de Investigación Memoria e Imaginación de Latinoamérica adscrito al CIALC de la UNAM. Es coorganizador del Encuentro de Poetas Universitarios en la UNAM. Artículos suyos han aparecido en diversos libros colectivos, entre los más recientes: En la orilla del silencio. Ensayos Sobre Alí Chumacero (México, Fondo Editorial Tierra Adentro, 2012), América Diversa. Literatura y Memoria (Perú, Editorial Altazor, 2012) y Ensayando el Ensayo. Artilugios del género en la literatura mexicana contemporánea (México, Eón/El Colegio de Puebla/Grand Valley State University, 2013). Es miembro fundador del Seminario de investigación en Poesía Mexicana Contemporánea, del cual actualmente es coordinador.

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