Editoriales independientes/Entrevista

Editoriales independientes: Libros Magenta, entrevista con Gabriel Bernal Granados

Libros Magenta

En esta primera entrevista de nuestra nueva serie, conversamos con Gabriel Bernal Granados, editor de Libros Magenta. Este especial busca crear discusión en torno a la labor editorial independiente, su contexto y sus desafíos, desde la perspectiva de los propios editores.

México es y ha sido un país de libros, donde lo que ha escaseado han sido los lectores. Esta es una contradicción desagradable, pero cierta.

¿Cuál crees que es el estado del mundo editorial actualmente en México y cómo se insertan en él las editoriales independientes?

No sigo, con la puntualidad que debería, la actividad de todas las iniciativas independientes que surgen a cada momento en el mundo editorial mexicano, pero hay que aceptar la riqueza y la pluralidad del fenómeno. Me parece que, en este sentido, se vive un periodo de auge, que contrasta (a uno le gustaría decir que contrarresta) las condiciones económicas adversas que padece cualquier empresa de carácter privado en este país. Las editoriales independientes, en un mundo editorial dominado, a nivel librerías, que no a nivel de medios, por los consorcios transnacionales, constituyen un factor de diálogo con el público que de otra forma se echaría de menos. La poesía, el ensayo y muchas veces el cuento, o los géneros narrativos indiferenciados, encuentran en estos catálogos un nicho interesante. Por otro lado, las editoriales independientes, en algunos casos, honran la tradición del libro bella y pulcramente editado que es propia de este país. Acabo de ver una hermosa colección de libros, denominada Ilustres, de La Caja de Cerrillos Ediciones, que me ha parecido ejemplar.  México es y ha sido un país de libros, donde lo que ha escaseado han sido los lectores. Esta es una contradicción desagradable, pero cierta.

¿A qué atribuyes el auge de este tipo de agrupaciones, empresas y proyectos editoriales? ¿Cuáles son los desafíos que enfrentan?

Frente a la negativa de las editoriales «grandes» a acoger la intensa producción editorial que hay en el país, es natural que surjan espacios alternativos, sobre todo (y esto es lo interesante) fomentados por escritores o editores jóvenes.  México ha sido un país con una tradición importante en el rubro de la edición independiente.  Algunos de los libros más significativos que se publicaron en el siglo pasado salieron a la luz gracias a iniciativas independientes, como Muerte sin fin de Gorostiza, que se publicó por primera vez con el sello de las ediciones Cvltvra, de los hermanos Loera y Chávez; o Cada cosa es Babel, de Eduardo Lizalde, que se publicó en la editorial Katún; o Adrede, de Gerardo Deniz, que se publicó en Joaquín Mortiz. Al menos dos generaciones de narradores mexicanos (Carlos Fuentes, Fernando del Paso, José Emilio Pacheco, José Agustín) fueron publicadas en sus inicios gracias a la generosidad de uno de los editores independientes más distinguidos del siglo pasado: Juan José Arreola; otra generación, más cercana a la nuestra, la de los escritores nacidos en los cincuenta, surgieron en su mayoría alrededor de proyectores editoriales como La Orquesta o El Taller Martín Pescador, de Juan Pascoe. La cultura, no sólo en México, sino en prácticamente todo el mundo moderno, se ha expandido de las orillas hacia el centro. (De hecho, en el mundo moderno, las orillas son el centro.)

No sé si sería demasiado arriesgado, en un sentido antropológico, decir que en el ethos del mexicano se encuentra una pasión por la escritura y la edición de libros, que no han encontrado aún su contraparte en la pasión por la lectura. Editar y leer son dos formas de sensualidad distintas, que no necesariamente van de la mano.

Los retos que uno enfrenta como editor independiente tienen que ver con aspectos económicos y con el fastidio que el hecho de sortear estos escollos puede producir en el ánimo de cada individuo.  Cada vez es más caro hacer libros en papel.  Y cada vez hay menos espacio donde colocar esos libros.  La mayoría de las editoriales independientes han disminuido drásticamente sus tirajes, y de un promedio de mil ejemplares por libro se ha bajado a los 500 o incluso los 250 ejemplares. Esto es una realidad, que plantea una encrucijada, más que un problema: cómo adaptarse al empuje, cada vez mayor, de la edición electrónica, y cómo combinar las nuevas plataformas con las tradiciones (el papel, la tinta, el offset).  A mí en lo personal no me gustan los libros electrónicos, pero no dejo de reconocer sus ventajas: son menos costosos y ocupan menos espacio.  Y, por otro lado, circulan mejor que los libros en papel: tienen una mayor penetración, gracias a internet y a las redes sociales. Se trata, en todo caso, de dos formas distintas de almacenamiento de datos, que tienen que ver con una edad de la cultura que está tocando a su fin. Que los libros, tal y como los conocemos ahora, sean cada vez más escasos y menos funcionales, no significa sin embargo que la gente vaya a dejar de escribir.

El término de editoriales «independientes» puede llegar a ser problemático, ¿consideras que es correcto llamarlas de ese modo? ¿Qué significa que sean independientes?

A lo largo de los veinte años que llevo involucrado en la edición de libros, siempre he participado en las convocatorias gubernamentales que promueven la edición independiente por medio de becas o de apoyos de diversa índole. En ningún momento esto ha mermado la independencia de mis criterios editoriales. A pesar de las becas o de los estímulos que han recibido las editoriales que he fundado, o en las cuales he colaborado, siempre he editado lo que he querido.  Nadie nunca me ha impuesto nada.  Se podría decir que el gobierno aprieta cada vez más la soga con la que controla este tipo de iniciativas culturales, pero no las asfixia.  De alguna manera intuye que no habría país, en el sentido eidético del término, si no hubiera libros.  Y la conversación que supone la edición de libros no existiría, o no sería lo que es, sin la independencia de criterio de algunos individuos que deciden arriesgar su capital en proyectos editoriales.

Por otro lado, el término «pequeñas» editoriales me parece ofensivo.  En una editorial pequeña se editó Muerte sin fin por primera vez.  En una editorial pequeña se editó Farabeuf, de Elizondo, y esa misma editorial pequeña se encargó de promover y difundir a por lo menos dos generaciones de narradores y escritores mexicanos durante las décadas de los sesenta y los setenta (me refiero a Joaquín Mortiz). El Fondo de Cultura Económica (FCE), durante la época más interesante de su historia, funcionó con la independencia de criterio propia de una editorial independiente. Publicó a Rulfo, a Paz, a Fuentes, a Arreola, a Rubén Bonifaz Nuño, cuando ninguno de ellos eran los santones que conocemos ahora. Entonces, no se trata de un duelo de pequeños contra grandes.  Se trata, más bien, de una cuestión de criterio.  Las editoriales «grandes» —o grandotas, como quieran llamarles— tienen la obligación de recuperar lo que invierten y volverse, por tanto, autosustentables.  Y no sólo eso, deben generar dividendos o si no desparecen o son absorbidas por peces aún más grandes.  En cambio, las editoriales independientes no.  No tienen la obligación de recuperar lo que invierten en la edición de un libro.  Son efímeras: duran lo que dura la terquedad de las personas que las animan.

¿Qué papel juega la labor editorial independiente frente a los grandes conglomerados editoriales y frente al Estado?

La editorial independiente tiene la vocación —ya lo dije en mi respuesta anterior— de fomentar un diálogo, muchas veces polémico, con el Estado, con las editoriales comerciales y con el público.  De este diálogo —que en ocasiones se asemeja mucho más a una reyerta— se desprende el rostro de una literatura.  Y si esto suena a desmesura, entonces digamos, con más precisión y modestia, que se trata en todo caso de configurar el rostro de una época en la historia de la literatura de un país, o de una sociedad en específico.

¿Cómo consideras que ha sido la respuesta de la crítica (en revistas, suplementos, blogs, con críticos en concreto) hacia las propuestas editoriales independientes? ¿Crees que existe suficiente recepción y atención?

En general, la respuesta de la crítica (a través de los medios que mencionas) es generosa, pero insuficiente. Digamos que esa generosidad no se refleja en la aceptación que pueden llegar a tener nuestros proyectos en las librerías, que siguen siendo fundamentales para llegar, finalmente, al público lector.  El problema de la circulación de los libros es complejo, e involucra, en su cadena, una serie de factores que pasan por las compañías distribuidoras, las librerías, los libreros y, finalmente, los consumidores o lectores.  Los dos extremos de la cadena están resueltos, es decir, habemos editores que satisfacemos necesidades de cierto sector de una población que se traduce en cifras inmensas, pero todavía no hemos descubierto los mecanismos que acaben de acercarnos, de una manera mucho más eficaz, a los consumidores de nuestros productos.  El problema no es exclusivo de México. También se localiza en países europeos como España, donde la distribución sigue siendo un dolor de cabeza.  El hecho de que los libros sean considerados novedades con una caducidad de tres meses (el tiempo que puede durar tu libro en una librería, según las decisiones atrabiliarias de la entelequia conocida como «mercado») no nos ha permitido la gracia de mantener catálogos vivos ni de generar, con una mayor soltura, segundas o terceras ediciones de libros que merecerían tenerlas. Hace falta una mayor infraestructura económica y una disposición gubernamental que en estos momentos es insuficiente o nula para compensar los grandes cambios que requieren las sociedades modernas en materia de consumo de información y, por qué no, de libros y literatura.

(Sería demasiado arriesgado decir, con pesimismo, que los gobiernos nunca estarán interesados, al menos no en América Latina, en que los libros y la información circule de una manera más libre.  Por lo tanto, el destino de las editoriales independientes sería el de navegar en contra de una corriente predeterminada y absurda. Pero no por eso menos tajante. Eso explicaría que en un país tercermundista como México, el incremento de la población y los niveles de su desinformación sean inversamente proporcionales a la pasión que algunos individuos sienten por la edición de libros de alto riesgo comercial.)

¿Qué editoriales independientes te parece que están presentando las propuestas más relevantes e interesantes en la actualidad y por qué?

La mayoría, cuando se le hace esta pregunta, siempre responde que Almadía o Sexto Piso, que han publicado libros muy buenos, con independencia de criterio, rigor y buen gusto. Pero se trata de dos editoriales independientes que funcionan con un presupuesto inalcanzable para la mayoría de quienes quieren hacer libros por su cuenta.  Hay otras editoriales que no manejan esos presupuestos y que han asumido otro tipo de riesgos. Ya mencioné La Caja de Cerillos. En un recuento de las editoriales independientes en activo no podrían faltar las iniciativas de José María Espinasa (Ediciones Sin Nombre), Diego García Elío (Ediciones del Equilibrista) y Víctor Manuel Mendiola (El Tucán de Virginia). Ellos han publicado, y siguen publicando, libros indispensables para comprender el desarrollo de la literatura mexicana actual. También me parece que cumple una función importante la editorial de Marcial Fernández (Ficticia), centrada en la narrativa mexicana contemporánea, principalmente la que producen los jóvenes.  Y otras editoriales que se han consagrado a la poesía mexicana joven, las traducciones de poesía en otros idiomas o a los géneros «menores», como Bonobos, Mangos de Hacha y Tumbona.  La mejor editorial de poesía, para mi gusto, debido al ejemplo y al precedente que ha sentado, sigue siendo el Taller Martín Pescador, de Juan Pascoe. El Taller Ditoria, de Roberto Rébora, ha seguido esa estela, y ha publicado libros muy bellos cuyo único defecto es su costo elevado y la dificultad para encontrarlos. Hay otras, desde luego, que de repente publican cosas interesantes, pero así como surgen así desaparecen, y es muy difícil llevar un registro puntual de un panorama que oscila entre los 60 o los 80 catálogos en formación o en activo.

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Gabriel Bernal Granados nació en la ciudad de México en 1973. Tiene publicados un libro de aforismos: Partituras (Universidad Veracruzana, México, 2000); tres libros de poemas: De persiana que se abre (tsé-tsé, Buenos Aires, 2000), Simulaciones (Mandorla, México, 2001) y Sobre una hoja (Monte Carmelo, México, 2010); y los libros de prosa: Historia Natural de Uno Mismo (Libros del Umbral, México, 2003), En medio de dos eternidades (Libros Magenta, México, 2007), La guerra fue breve (Libros Magenta/ Secretaría de Cultura del Gobierno del DF, México, 2009), Una finestra che guarda tramontana (Libros Magenta, México, 2011) y Viaje al País de la Errata (Libros Magenta/ Secretaría de Cultura del Gobierno del DF, México, 2011). Ha traducido prácticamente toda la bibliografía asequible en español del escritor norteamericano Guy Davenport, que se ha publicado tanto en México como en España. Con Juan José Utrilla, tradujo el libro de Mark Polizzotti Revolución de la mente. La vida de André Breton (Turner/ Fondo de Cultura Económica, 2009). De 1992 a 2013, fue editor en México de la revista Mandorla: New Writing from the Americas.  Junto con Ana Rosa González Matute, es director fundador del sello Libros Magenta. Colabora en los suplementos Confabulario y Laberinto de los periódicos El Universal y Milenio Diario, respectivamente. También colabora en las revistas Biblioteca de México y Crítica. Ha sido becario del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes, del Fideicomiso para la Cultura México-Estados Unidos y del Centro Mexicano de Escritores. Entre el 12 de febrero y el 12 de marzo de 2002 tuvo una residencia para escritores en el Bellagio Study and Conference Center, de Bellagio, Italia, gracias a una beca concedida por la Fundación Rockefeller.

Acerca de Libros Magenta: 

La editorial Libros Magenta nació en el verano de 2006 como una iniciativa de los escritores Ana Rosa González Matute y Gabriel Bernal Granados. Preocupados por la falta de espacios para la difusión y promoción de la literatura, estos dos escritores decidieron retomar su vocación de editores con un proyecto propio, que involucra no solamente la publicación de libros traducidos al español de otras lenguas, sino la publicación de obras de escritores mexicanos y latinoamericanos.  Hasta ahora, Libros Magenta ha sido fiel a este ejercicio, crítico y creativo, incluyendo en su catálogo obras como las de los escritores norteamericanos Guy Davenport, Paul Metcalf y Susan Howe; escritores latinoamericanos consagrados, como el poeta y prosista peruano Jorge Eduardo Eielson, el poeta y ensayista brasileño Haroldo de Campos; escritores mexicanos con una trayectoria ampliamente reconocible, como Sergio González Rodríguez, Alfonso D’Aquino, Jorge Juanes, Alberto Chimal, Alejandro Toledo, David Miklos; y escritores mexicanos que publican por primera vez una obra (Andrés Téllez Parra, Lobsang Castañeda, Gerardo Cárdenas). Libros Magenta ha lanzado una apuesta seria y firme por la literatura de riesgo, y en atención a este criterio ha dividido sus colecciones en cuento, ensayo y poesía principalmente, sin dejar de lado los géneros híbridos y las propuestas netamente imaginativas que no se inscriben en género específico alguno.  Libros Magenta es un proyecto de duración a largo plazo que busca ensanchar los círculos de la difusión de la literatura en México con un catálogo compacto, distinto, en ediciones cuidadas y bien diseñadas.

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