Crítica de narrativa

Rojo semidesierto, de Joel Flores

Rojo

Por Nayeli García Sánchez

 

Joel Flores
Rojo semidesierto
Fondo Editorial Estado de México
2013

 

La Compañía, organización delictiva cuya presencia opera como personaje principal del libro, rige la vida de los personajes cuando estos se cruzan con ella; hecho que representa, a lo largo de los catorce cuentos que forman el volumen, un punto irreversible en el diseño narrativo que propone Joel Flores en Rojo semidesierto. El autor da cuenta de un mundo atroz en el que se relacionan situaciones que atraviesan las fronteras entre los relatos. Cada historia es una viñeta en movimiento de un territorio que se tiñe de rojo por la muerte.

El libro navega entre diversos estilos y voces narrativas que ayudan a dar la idea de un mundo al que accedemos como testigos en primera persona o en tercera. Por ejemplo, en «Los que sobreviven», asistimos a la desaparición del baño de una casa: Antonio cuenta cómo tras el secuestro de su padre a manos de La Compañía, la cotidianidad de la familia se rompió. Tras su rescate, el papá del narrador comenzó a percibir la realidad de maneras inusuales: esta vez asegura que el baño de la casa desapareció y el hijo es el encargado de restablecer el orden perdido: «vámonos a la cama, yo me encargo de recuperar tu baño. Te prometo que mañana volverá a estar donde siempre».

En «Los que extrañan» hay una situación similar, la señora Macías está segura de que algo sucede fuera de su casa, un peligro acechante que acaba con la tranquilidad de su hogar: «Se calzó con las pantuflas y se preguntó por qué, desde que su hijo no está, su esposa escucha ruidos hasta debajo del colchón». Francisco, el hijo, se fue a trabajar con La Compañía y en el siguiente cuento de la serie, «Los que esperan», sabemos de su amor por una muchacha de Tijuana, con quien tendrá un bebé, «quizá con los hombros anchos, los labios gruesos y la piel tostada como la de los que nacen bajo el rojo semidesierto».

El carácter omnipresente de esta fuerza oscura, colectiva, transforma las relaciones sociales entre las personas desde la célula mínima de la sociedad: la familia. Alguien muere o desaparece y los que viven quedan incompletos, faltos de estabilidad, la mayor parte de las veces. En «Los que se transforman», un hombre en busca de justicia cuenta la muerte de Eugenia. Ante la soledad, él comienza a sustituirla para hacer soportable su ausencia: «En ocasiones, cuando escucho algún ruido, le pregunto ¿sigues aquí? Otras veces me duermo en el lado derecho de la cama, donde ella solía hacerlo, y alargo mi brazo como si yo fuera Eugenia buscándome. Me palpo y me siento». La pérdida de realidad que implican estas acciones se presentan en el relato, a través de una primera persona que acerca la experiencia narrada a la empatía del lector. El efecto que ello provoca cobra fuerza con la inserción de dos cartas oficiales, una donde el narrador le solicita al Procurador de Justicia que haga su trabajo y resuelva el caso de la muerte de Eugenia; y otra, donde la Procuraduría (otra institución colectiva) responde al llamado con una petición de paciencia: «Le agradecemos sus observaciones respecto al atentado que menciona en su correspondencia […] Nos solidarizamos en su pena con los que quedan […] estamos seguros de que pronto restableceremos la paz que caracteriza a nuestro estado».

La inconformidad que resulta de la inacción legal que sigue a los actos de La Compañía también está representada en «Los que apestan»: un adolescente despierta en su cama buscando a la chica con la que pasó la noche, ella se ha ido y el departamento quedó impregnado de un hedor insoportable. En un intento de ventilar la casa antes de que lleguen sus padres, el joven ve que afuera de su ventana se lleva a cabo una manifestación en contra de La Compañía; las fuerzas del estado reprimen la movilización con gases lacrimógenos: «Los carros rinocerontes de los federales comenzaron a acordonar los extremos de la avenida y un bloque armado se desplegaba a donde estaban los manifestantes. Alguien dentro del helicóptero arrojó latas humeantes». En la perspectiva del narrador, el olor, rancio y asqueroso, que había emanado de entre las piernas de la chica saturaba la casa; en la perspectiva del lector, esa saturación adquiere un nuevo sentido: es un símbolo del mundo terrible que crece más allá de las paredes.

La Compañía nunca termina por definirse del todo en algo concreto; sin un rostro ni un cuerpo, su presencia tiene carácter fantasmal, pero inexorable, parece tener voluntad propia y se comporta de manera independiente a los individuos, es una máquina ciega que, una vez echada a andar, continúa con la destrucción, y no se detendrá. «Los que se traicionan» es la historia de su origen. Miralles se convierte en líder del grupo tras asesinar a Jiménez: «¿Jiménez fue su enemigo?, se preguntó. Nunca lo fue. Juntos habían construido La Compañía y la hicieron crecer. Juntos crearon la conexión con algunas ciudades en las regiones del Centro Occidente y del Sureste». Al final de este relato, el nuevo jefe del grupo está a punto de morir tras una emboscada de sus sicarios, pronto habrá otro. Miralles explica sus acciones como si hubiera un destino histórico inquebrantable que las provocara: «era ciudadano de un país partido, amordazado y arruinado por aquellos que provocan la pobreza y por los que luchan contra ella, por aquellos que porfían por estar por encima de los demás y crear sus propias leyes». La organización criminal es hija, entonces, de la ambición de dinero y poder. Sin embargo, los que forman parte de ella no carecen de una dimensión espiritual.

En «Los que oran» se narra la historia de Georgina, una niña enferma que, tras detener el sangrado de una herida de bala con un abrazo, comienza a ser llamada de diversas maneras: «Sanadora de los Pistoleros, Niña de las Manos Santas y Virgen de La Compañía». Desde una distancia humorística frente a la experiencia de lo sagrado, «Creer hoy en día en las bondades religiosas es como creer que el Atlas por fin ganará el campeonato de futbol», el narrador relata la agonía de su prima. Llama la atención la conciencia alucinante de la pequeña que parece conocer las demás historias del libro: «Mi prima alzaba la voz. Decía: quiero mi silla de ruedas, yo soy quien va a limpiar la mierda que hay afuera […] Nos hacía pensar que ya no estaba con nosotros y seguía: el baño, el baño ha desaparecido».

Algo similar ocurre en «Los que engordan», el narrador, un hombre que perdió a su pequeña hija en un incendio provocado por La Compañía, sueña con las historias del libro: «Soñé con un viejo que pierde la cordura porque ha desaparecido su cuarto de baño, con personas que regresan a la ciudad y la encuentran irreconocible por culpa de la muerte y el llanto y el olvido». Aparece así la poética del libro: Rojo semidesierto es un lugar creado por La Compañía con muertes y pérdidas. Puede suponerse que ese espacio antes era México (en algunas partes se mencionan Tijuana y Zacatecas), pero ha dejado de existir y se está convirtiendo en un territorio sangriento y doloroso.

El texto que cierra el libro, «Los que regresan» se pregunta por la memoria de los hechos terribles que han sacudido al territorio; se cuestiona, también, sobre las posibilidades que tienen los sobrevivientes. La narración en segunda persona de este segmento parece apelar directamente al lector ante el mundo que se ha descubierto frente a sus ojos: «Y no sabes si regresar, si reiniciar, porque tu vida no ha sido más que un evadir y volver, restaure el camino que zanjaste, reviva al amigo por el que no diste la frente, apague el fuego que cae sobre los hombros del semidesierto, acalle el grito de la furia que aturde a la ciudad. Y dudas, pero bajas del autobús y miras el cielo / tan rojo, te dices, tan lleno de recuerdos que encandilan».

Rojo semidesierto de Joel Flores habla de la situación actual del país y, aunque la lectura de su obra supere la correspondencia entre ficción y realidad, es una reacción artística a la violencia provocada por conflictos entre actividades ilegales, como el tráfico de drogas o de armas, y los enfrentamientos con los organismos judiciales del país. Nombrar un problema atroz y aterrador es una forma de enfrentarnos a él. De esa manera, el libro muestra que el arte atenderá a su compromiso social siempre que haga consciente su relación con el contexto que lo rodea.

_________________

Nayeli García Sánchez (Ciudad de México, 1989) es licenciada en Lengua y Literaturas Hispánicas por la UNAM. Ha impartido varios talleres de español y redacción en esa misma universidad. Trabajó como consultora lingüística en la Academia Mexicana de la Lengua. Actualmente colabora como becaria de investigación en la Enciclopedia de la Literatura en México en la Fundación para las Letras Mexicanas.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s