Artículos/Literatura infantil y juvenil

Ensayar la crítica de libros para niños y jóvenes (Primera parte)

LIJ2

Por Áurea Xaydé Esquivel Flores

Hay quienes tienen la certeza de que los niños son idiotas chiquitos.

Algunas de las frases más recurrentes expresadas sobre la relación producida entre  un niño y un objeto cultural suelen ser: «es que no entiende», «no está preparado», «no sabe apreciar»… Y cuando las oigo, recuerdo que lo mismo se decía (¡y dice!) de las mujeres, o de ciertos grupos raciales o étnicos; así que sólo puedo asumir que el emisor exhibe –con buena o mala intención– no sólo una actitud paternalista sino delirios de superioridad.

También hay quienes aseguran que un texto para niños carece de cualquier valor artístico real sólo por haber sido escrito para un público que tuvo el atrevimiento de nacer después que ellos, sin importar cómo esté construido (peor aún si el texto nació de un cerebro en proceso de desarrollo).

Algunas de las frases más recurrentes expresadas sobre la relevancia de la literatura infantil y juvenil en tanto objeto de estudio suelen ser, también: «es que no es literatura», «pero tiene dibujitos», «no tengo tiempo que perder», y cuando las oigo… bueno, sólo me dan ganas de soltar una trompetilla extrasalivosa, justamente porque ya estamos grandes como para actuar como «chamaquitos remilgosos».

¿Para qué estudiar la famosa literatura infantil y juvenil? (LIJ, para efectos prácticos), ¿puede hacerse crítica literaria con eso, crítica seria? Si ya los llamados «mediadores de lectura» trabajan con los libritos y con la chaviza, ¿qué pitos toca un crítico en semejante orquesta?

Empecemos por la cruda verdad: decía Isaac Bashevis Singer en 1978, en su discurso de aceptación del Nobel, que a los niños les importa un reverendo pepino lo que piensan los críticos. Si un libro les parece aburrido o malo, no se tomarán la molestia de fingir lo contrario (aun si se trata de un renombrado escritor); si es un libro interesante, lo leerán y releerán hasta la saciedad, descubrirán nuevos detalles, lo rayarán, lo manosearán, hablarán de él con otros, lo relacionarán con otros libros, lo leerán en voz alta, lo citarán, jugarán con los personajes, inventarán otros finales y tal vez, después de unos años, perderán el ejemplar y conservarán lo más importante en su memoria.

Y ahora, recuerdo algo que dijo Antonio Alatorre en su ensayo «Crítica literaria tradicional y crítica neo-académica»:

Desde que la humanidad descubrió eso que por brevedad llamamos belleza, desde que hizo consciente eso tan abarcador que llamamos poesía, siempre se ha oído cómo un ser humano le dice a otro: «Esto es bellísimo: ¿no lo sientes tú también así?» A veces hay una como urgencia de confirmación y la pregunta puede adquirir tono dramático: «Dime, por lo que más quieras, ¿ves lo que yo veo o me engañan mis ojos?» Pero muchas otras veces, se trata de una simple necesidad de comunicación, y entonces hasta sobra la pregunta: implícitas en la declaración están todas las preguntas posibles.

Es muy cierto. Los niños no necesitan a los críticos porque, en esencia y en su espacio privado, ellos ya hacen ese trabajo; cuando algo se disfruta mucho, es normal querer encontrarle nuevas formas, nuevos ángulos, nuevos significados, pero sobre todo, es normal querer compartirlo.

Con los adultos es otro cantar. Los adultos, por definición, cargan con fardos que muchas veces imposibilitan el oficio de un hermeneuta: la edad, los prejuicios, el ego, la preocupación por el qué dirán… son características que les ha tomado mucho tiempo y trabajo forjar. Todavía más grave: en su mundo, todo debe servir para algo, de otro modo, no tiene razón de ser[1]. Entonces no importa si nos interesa trabajar con la literatura infantil y juvenil o la narrativa argentina del siglo XIX o la poesía española en el exilio mexicano o el ensayo inglés… Bajo la cruda luz de lo que es útil y en términos de una acuciante modernidad (neoliberal, mercantilista), nada de lo que hacemos sirve para algo; si sirve, debe ser para generar profits, no para conocer y transformar la experiencia humana.

En semejante espacio se articula la curiosa dinámica de la LIJ: los adultos escriben, corrigen, editan, distribuyen, compran; los niños sólo pueden leer (y muchas veces ni siquiera eso porque no los dejan). ¿De qué estamos hablando? ¿De funciones sociales, de prácticas de poder o de las dos cosas? Entre tanta gente grande que habla al mismo tiempo sobre «lo que necesitan nuestros niños», no muchos se detienen y miran hacia abajo para observarlos con atención.

Si lo vemos en perspectiva, no resulta muy diferente de lo que hacen numerosos críticos e investigadores con los llamados «lectores de a pie». Hablan del papel del lector, de la importancia de los cánones, de la legitimación de la experiencia literaria… pero no muchos se detienen y voltean para conocerlos. Es desafortunada la frecuencia con que la imagen del crítico se opone a la del lector, espectador o público comunes, a tal grado que muchísimos estudiosos constituyen la barrera que separa a la gente del conocimiento (muy al estilo de los ilustrados o los positivistas) manifestando así otra cara –ya expuesta desde principios del siglo XX– de la deshumanización de las humanidades.

Esta sombra que oscurece la imagen el crítico y su trabajo es entendible, pero es necesario darle la vuelta una vez más, en especial, si nos detenemos a examinar fenómenos como el de los booktubers y los foros de discusión en internet.

Antes que cualquier otra cosa, un crítico es un lector en permanente formación[2] –como todo mundo– aunque un poco distinto a los demás. Si la oposición entre lectores «de escritorio» y «de a pie» resulta estorbosa, podemos buscar una analogía diferente… Tal vez el ámbito de la jardinería pueda ser de ayuda: una planta de invernadero tiene un espacio exclusivo en el que es sometida a nutrientes, relaciones y ambientes que, con dificultades, se encuentran en otros lados; una planta silvestre crece gracias y a pesar de ser sometida a condiciones extremosas en un espacio abierto, en medio de especies muy diversas y donde el flujo de información es vertiginoso. No es que, necesariamente, una sea superior a la otra, sus condiciones sólo son distintas. Con los lectores sucede lo mismo: Por un lado, porque el acto de leer (entendido como el acto de extraer uno o más sentidos a partir de una serie de estímulos) no tendría que restringirse al signo alfabético, también se leen las imágenes, los sonidos y las condiciones históricas que rodean al individuo, de manera que uno «silvestre» puede ser tan buen lector como uno «de invernadero» en su respetivo campo de acción; por el otro, los juicios e interpretaciones que hacen sobre un texto pueden ser más o menos brillantes y expresarse con más o menos fundamentos, pero en ambos casos nacen de un legítimo deseo de hacerlo público.

No obstante, así como una sequía puede marchitar una planta, la sobreexposición a cualquier sustancia nutritiva puede pudrirla; un lector saturado de teorías, métodos y posiciones sociales no suele ser más productivo que un lector que rara vez interactúa con los textos o que siempre se relaciona con los mismos. Al final, ninguno tiene la capacidad de decir algo sobre su experiencia literaria.

Ahora, si nos inclinamos por creer que el crítico (de cualquier literatura) tiene una función al interior de una o muchas comunidades, la cuestión adquiere un cariz apremiante. María Teresa Andruetto dictó una conferencia en 2008 titulada «Hacia una literatura sin adjetivos», en la que problematiza los conceptos de «infantil» y «juvenil» y los analiza con base en sus repercusiones a nivel de mercado. El duodécimo punto de su propuesta se refiere justamente al papel de la crítica y apunta:

 […] A lo largo de los años que hace que trabajo en este campo, he percibido resistencia de muchos escritores frente a la crítica y los estudios académicos. Esa resistencia esconde, creo, un miedo a la discusión de ideas y a la revisión de las producciones. Sin embargo, debiéramos lamentar que esa crítica sea todavía débil en cuanto a la cantidad de agentes que la desarrollan y que muchas veces se manifieste tímida frente al avance de la publicidad y del mercado, como es de lamentar que esa mirada crítica no ocupe u ocupe poco lugar en los medios de circulación masiva y quede de ese modo replegada a ciertos pequeños ámbitos de estudio. […] la literatura de un país no se hace sólo con escritores, sino también con investigadores, formadores y críticos y se hace sobre todo con lectores que dialogando con las obras ya escritas, van construyendo obra hacia el futuro.

En verdad, el mundo letrado «de los grandes» es extraño: muchísimos de sus habitantes se mueven, actúan y conversan como si siempre hubiesen sido adultos, como si fueran lectores especializados que nacieron de pronto, como los hombres grises que describía Michael Ende. Si el asunto de la formación de lectores se les presenta, en su discurso privado lo desestiman como si no tuviera importancia o como si no les incumbiera, mientras que, en su discurso público, sacuden la cabeza con pesadumbre al ver que «ya no hay lectores».  La ciudad letrada, que le dicen.

Por otro lado, y debido (en parte) a esta ausencia o menosprecio, lectores jóvenes se han adueñado de un lugar de enunciación privilegiado, internet, para seleccionar, evaluar, juzgar y promocionar ciertos textos por sí mismos. Para los más entusiastas de la teoría de la recepción podría ser algo grandioso en apariencia, sin embargo, es usual que el acto del booktuber obedezca menos al trato con la obra que a la parafernalia inherente al hecho de ser reconocido públicamente. Estos reseñistas (que no se reconocen a sí mismos como críticos) ofrecen comentarios interesantes y válidos cuando hablan de su propia experiencia, aun si sus lecturas parecen superficiales o ingenuas; el problema surge cuando el prestigio del soporte digital y masivo los vuelve agentes legitimadores de un fenómeno mercadológico que no podría mostrar menos interés por lo que ellos son o pueden ser: seres complejos y con múltiples facetas. Con mayor o menor conciencia de ello, muchos booktubers (no todos) ayudan a consolidar la homogeneización de formas y contenidos mientras, trágicamente, afirman con orgullo que sólo hablan de textos que ellos entienden, con los que se identifican y que los llenan de increíbles emociones. Al final, a pesar de las luces y la aparente democracia, su lado del muro es tan hermético y celoso como el de la ciudad letrada.

Hablar de literatura y, en especial, hacer crítica literaria implican una labor que exige la constante reconfiguración de valores éticos y estéticos de tal manera que, a su vez, esto nos ayude a problematizar lo que parece natural y tratarlo como un constructo histórico: no, no es natural que sólo unos pocos tengan acceso a una cultura letrada, no es natural que el signo alfabético tenga mayor prestigio que otros signos, no es natural que los niños lean relatos insípidos y ñoños, no es natural que muchísimos textos escritos para ellos sean manuales de conducta mal disfrazados de narrativa, no es natural que los adultos muestren desprecio por las capacidades intelectuales de niños y adolescentes, no es natural que los best-sellers tengan una presencia tan aplastante en el mercado editorial, no es natural que a los letrados no les importe lo que pasa con otras literaturas.

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[1] Incluso la lectura. Múltiples campañas sobre el fomento a la lectura se basan en  frases abstractísimas y superficiales como: «Leer es divertido», «leer para ser mejores», «leer para ser feliz». Ana Garralón tiene un artículo muy interesante al respecto: «Leer no sirve para nada».

[2]  «La frontera entre “lector” y “crítico” es invisible. En realidad no existe. En esa frontera (inexistente) es donde yo me veo», también decía Alatorre.

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Áurea Xaydé Esquivel Flores (Ciudad de México, 1987) es licenciada en Lengua y Literaturas Hispánicas por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, donde se desempeña como ayudante de profesor en la materia de Filología Hispánica por cuarto año. Se tituló con la tesis Recepción y crítica de una novela para niños: La domadora de miedos de Guadalupe Alemán. Fue becaria PAPIME en el proyecto «Herramientas bibliográficas electrónicas e impresas para la enseñanza de las teorías literarias» para después ser colaboradora con el núcleo temático «Literatura infantil y juvenil». Participó en el programa de televisión Agenda Pública con el fin de promover la LIJ como objeto estético (no didáctico) y ha dado talleres de ensayo literario en el Plantel Sur del Colegio de Ciencias y Humanidades. Se presentó como ponente en la Jornada Académica del 4° Festival del Libro Infantil y Juvenil, UNAM. Coorganizó las primeras Jornadas LIJeras de la FFyL José Martí y actualmente participa en el proyecto editorial XocNa de libros para niños y jóvenes, del Instituto de Investigaciones Filológicas.

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Un pensamiento en “Ensayar la crítica de libros para niños y jóvenes (Primera parte)

  1. Los niños existen sólo a partir del siglo XIX, cerca de un siglo después es que se empieza a pensar con seriedad en lo que corresponde a la literatura con dedicatoria para ellos, lo cual me parece un avance importante porque le veo muchas implicaciones.
    Soy una voraz lectora de libros para niños, ya sea de narrativa o poesía y soy una ferviente admiradora de autores que escriben con un alto nivel literario y de profesionalismo, pensando en los niños, en los adolescentes y en los jóvenes a la hora de escribir.
    Pienso que el hecho de que también ya se pueda encontrar investigadores y críticos de literatura infantil (y en México) es de suma importancia para el desarrollo y crecimiento de un género literario menospreciado de manera antinatural. Felicito a la autora del presente ensayo por aportar buenas luces al tema, seguramente lectores y escritores caminaremos menos a ciegas y esto será muy bueno para ambos.

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