Bitácora-Tangente

Mi American Midwest

zinzin

Por Aguillón-Mata

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Hace dos semanas señalé una circunstancia incontestable por evidente: que la literatura en Norteamérica –entre muchas otras actividades y servicios que exigen su propia lógica– se encuentra erróneamente subordinada al vértigo del mercado; pequé, como se dice, de obviedad. Todo el mundo lo sabe. En 2008, Horace Engdahl, miembro del comité que otorga el Premio Nobel de Literatura –este año para Patrick Modiano– ponía el dedo en la llaga al argumentar que la literatura norteamericana es demasiado «provinciana» (la palabra que usó fue «parochial») para recibir el favor de Occidente. El aislamiento del país al que Engdahl se refiere no se limita a la actividad cultural, sino a todos los ámbitos de la vida norteamericana. Más del 80 por ciento de los habitantes de este país no tiene un pasaporte, pero todos tienen una idea de lo que es ser –por decir–mexicano, italiano, japonés o de cualquier otra nacionalidad. La sabiduría corriente del país se basa en caricaturas con objetivos propagandísticos como Speedy Gonzalez o Popeye, este último célebre por derrotar a Mussolini y a Yamamoto en dibujos animados; reducciones obscenas del Otro en las que, amigable u hostilmente, el individuo representado no interviene en la definición de su identidad. En política, el proyecto libertario que Ron Paul ha encabezado durante décadas tiene sus raíces ideológicas en la misma noción de aislamiento y no intervención. Sin embargo, la fantasía de este Edén en la tierra que las teorías aislacionistas procuran se ha pospuesto para mejores –aunque insospechados– tiempos. Independientemente del anhelo aislacionista, en la realidad Estados Unidos ha padecido batallas políticas internas que los intervencionistas, evidentemente, han ganado desde la mitad del siglo XX. Paradójicamente, Norteamérica es al mismo tiempo la cuna del aislacionismo y de la llamada globalización. Pero los hechos nunca corresponden a la propaganda sobre los hechos. Siendo la fuerza política, económica y militar más agresiva del planeta, Norteamérica todavía se precia de autosuficiencia y no intervención. Horace Engdahl tiene razón en términos generales al señalar que la literatura norteamericana –aunque con grandes autores y obras a lo largo de su historia– padece este aislacionismo. Esto determina el sino de todo lo recreativo, y la literatura no es excepción. Pero si se quiere ser serio, uno no puede hablar de literaturas nacionales en términos de esta clase. El mismo Engdahl se ha corregido recientemente –o quizá sea más justo decir que ha corregido la interpretación general de sus declaraciones– al aclarar que: «No dije que no hay autores norteamericanos de valor. Dije que la vida literaria norteamericana, además de la crítica y la enseñanza norteamericanas, se encuentran limitadas hoy en día por un acceso demasiado reducido a la literatura mundial, porque el número de traducciones y su accesibilidad en los Estados Unidos es parco» (la apurada traducción es mía). Desde que Norteamérica se obligó a traicionar su aislacionismo, hacia el final de la Segunda Guerra Mundial, y decidió participar o aun determinar la historia de Occidente –esto en palabras de Martin Luther King Júnior– se ha convertido en «el más grande proveedor de violencia en el mundo de hoy». No puede ser coincidencia que la suma de la política intervencionista con la cultura aislacionista –supuestos enemigos naturales– devenga violencia. De hecho, se puede argumentar que el desdén del aislacionismo cultural, que en sus formas más amables inventa monstruos como Speedy González, es precisamente lo que permite al individuo ejercer violencia sobre el Otro, para él o ella subhumano.

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Pero la reducción que he hecho de la voluntad literaria de Norteamérica, ¿es justa a nivel individual? ¿No es mi generalización, en parte, tan obscena y esencialmente errónea como las caricaturizaciones del Otro que Norteamérica sigue produciendo? Marilynne Robinson escribió un ensayo bellísimo hace un par de años, «Cuando era una niña» (When I Was a Child I Read Books, 2012), en donde expresa cierto resentimiento por la simplificación que el Este –léase la costa este norteamericana, los territorios más cosmopolitas del país– a menudo le arrojaba de manera casual sobre el Oeste –léase «el salvaje oeste»: «Considero que el trabajo más difícil del mundo –de hecho puede que sea imposible– es persuadir al Este de que crecer en el Oeste no es intelectualmente empobrecedor». Y sin embargo, mi experiencia del Oeste –o no técnicamente, pero al menos del Midwest americano– es crecientemente enriquecedora. Hay una curiosidad auténtica en esta área del país, y hay una necesidad de explicar el caos institucional, económico y político que las nuevas generaciones no se esperaban. Se trata de jóvenes educados sobre la idea de una Norteamérica idealizada que ya no existe, o que, sospechamos, nunca existió.

Es en ese contexto que el colectivo de escritores Zinzinn se originó. El pasado sábado 11 de octubre tuvimos nuestra primera reunión privada y presentación pública. Durante la primera, nueve autores jóvenes –de los cuales yo soy el único extranjero– nos reunimos a puertas cerradas para comentar nuestro trabajo. Durante la presentación pública ofrecí una breve conferencia sobre mi quehacer literario («The Shattered Body; Ethics and Aesthetics of Literary Composition» estará disponible en el sitio web del grupo próximamente). A lo largo del año académico, ofreceremos conferencia mensuales por parte de los distintos poetas, narradores y ensayistas que conforman el grupo, durante las cuales discutiremos la escritura en términos teóricos, pero también en términos tradicionales y sociales. Tengo motivos para pensar que este grupo no es sólo un gesto de inclusión, sino muestra de una nueva conciencia norteamericana, en relación con las duras críticas de gente como Horace Engdahl, pero sobre todo en relación con el desencanto ante el hecho de que el Edén en la tierra prometido por la ideología aislacionista no sólo es imposible, sino también indeseable.

Que sea para bien.

Octubre 2014

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Aguillón-Mata es narrador y ensayista mexicano. Colabora con ensayos, ficciones y traducciones en medios impresos y electrónicos de México y de los Estados Unidos, entre los cuales destacan las revistas Armas y Letras, Avispero, MAKE Magazine y Letras Libres en línea. Es autor de los libros de ficción Quién escribe (Paisajista) (IZC, 2004) y Tratado (De una zona privada) (Pictographia, 2013). Mantiene un blog bilingüe en http://aguillon-mata.com

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