Crítica de ensayo

Salvar al buitre, de Armando González Torres

salvar

Armando González Torres

Salvar al buitre

Cuadrivio

2014

Por Luis Bugarini

La obra de Armando González Torres (Ciudad de México, 1964) es otra prueba de que es posible lograr un proyecto personal de escritura sin caer en las provocaciones de la actualidad, canto de sirenas para quien no muestra reparos ante publicar libros sin más mérito que las horas que se pasaron frente a la computadora, si fuere el caso.

La última entrega del poeta y ensayista mexicano, Salvar al buitre (Cuadrivio, 2014), transita por el registro breve ―que no por ello fragmentario, ya que cada unidad contiene su propio andamiaje y al mismo tiempo colabora con el soporte del libro―, y a un tiempo funciona como ejemplo sin par de que aún es factible abordar la pincelada y el trazo suelto, el disparo y hasta el desplante, sin desbarrancarse en el eructo y el chistorete de cantina de la mal llamada y acaso inexistente «tuiteratura». La geografía del libro se inicia con algunos hallazgos de infancia y ficciones súbitas para internarse, según se avanza en la exploración, en las sacudidas de la adolescencia y el descubrimiento de la lectura ―un temblor quizá mayor. Leer nos funda al igual que el nacimiento y además ofrece la posibilidad de hacerlo nuevamente, virtud exclusiva del arte verdadero.

Un registro de esta naturaleza permite el aliento poético y la prosa más llana; cuadros oníricos y también líneas verídicas obsequiadas por un país que nos arranca las horas de vida con escenas de crueldad y miseria; recuento de hechos, lugares y personas que no aspiran al asentimiento generacional sino a la fidelidad de la imagen que se recuerda nítida. Así que la lectura avanza in crescendo, con cada trozo de escritura, hasta llegar al descubrimiento de la lectura, esa patria de la madurez para quien la descubre a tiempo. Podríamos estar ante alguna línea autobiográfica, incluso. Y es que la infancia no se agota como fuente de anécdotas y relatos. Es el asidero último: cuando todos abandonan la sala se asoman aquellos años, tras la cortina.

Salvar al buitre es una lección sutil de cómo librarse de los tics que impone el trato frecuente con las redes sociales. Fenómeno que embiste lo mismo a escritores con trayectoria que a ese individuo que las descubrió ayer y navega durante horas en ellas para averiguar por qué resultan tan atractivas. O de cómo lograr un libro a partir de utilizar el mínimo de caracteres ya que, lejos de la abulia o la afasia, cada línea se concreta en sí misma para luego lanzar el brazo a la siguiente, a la que se agarra con aire felino. Se agradece la ausencia de pirotecnia y silbidos en el estadio. La escritura es envidiable, debido a su transparencia.

González Torres persigue un clasicismo que contribuirá a perfilar ese gusto tan mexicano por la forma muy estudiada. Aún es posible colocar la obra literaria bajo una luz específica para observar cómo los contornos revelan bordes apenas presentidos. Salvar al buitre es producto de un atelier de artista plástico, más que una reunión de escritura nacida en las páginas de una libreta o en la computadora portátil que nos acompaña al café. Lejos de perseguir el aplauso facilón y las palmadas en la espalda ―que no necesita, por otro lado―, el autor junta sus talones y se detiene a mirar al cielo.

Ahora que el formato breve es utilizado a diestra y siniestra, lo mismo para minificciones sin apenas mérito que para distribuir la noticia de actualidad, González Torres propone un cambio de ruta para devolverle aquel uso cerebral y medido de la línea cuya sugerencia termina infinita. La actual hemorragia de líneas al vuelo y memorabilia sin sustancia nos finiquita con disparos a quemarropa. El actual abuso del formato breve lo desgasta hasta el punto de quedar exhausto. Salvar al buitre nos provee del aire necesario para reorganizarnos y plantar cara al acento múltiple de su fugacidad y, asimismo, a la posibilidad del juego que ofrece. Fibra lúdica y materia vertical no sostienen un duelo a muerte ―como podría pensarse―, pero hace falta mesura y un tratamiento ordenado en el oficio de la contención. Virtud cada vez más inusual, pues la parodia del yo y las perversiones del trabajo actoral se instalan en la escenografía del escritor actual.

Así que presenciamos un andar hacia la infancia, pues al ser individuos históricos no queda sino recordar. Ecce homo.

__________

Luis Bugarini (Ciudad de México, 1978) es escritor y crítico literario. Realizó estudios de Derecho y Letras Hispánicas en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), cursó el diplomado en la Escuela Dinámica de Escritores, en donde fue becario, y el certificado en Teoría Crítica del Instituto 17. Textos suyos han aparecido en suplementos culturales del país —El Ángel, Performance, La Nave, Crónica Cultural—, en revistas electrónicas —Aeda, eSpiral—, y en impresas como Letras Libres, Istor, Replicante, La Tempestad yNexos, de la que es colaborador regular desde 2006, y en donde alimenta un blog de autor hospedado en el sitio web de la revista: asidero.nexos.com.mx Es autor de los libros Estación Varsovia (2013) y Hermenáutica (2014).

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