Crítica de ensayo

Hemenáutica o la navegación lectora como flexión crítica

hermenautica

Luis Bugarini

Hermenáutica

Abismos Casa Editorial

2014

Por Ismael Lares

Leer es, de algún modo, establecer un vínculo con una obra. Equivale, en otras palabras, a realizar lo que una obra sabe de sí misma, por eso, todo acto de lectura implica una forma de recepción. El lector define la relación que hay entre él y su lectura. Leer, pues, supone un ejercicio que va más allá del entendimiento de las palabras. Para ser subversivo, el lector necesita, desde mi óptica, pasar del diálogo íntimo con la obra, a la extensión, es decir, a la escritura.

En Hermenáutica, de Luis Bugarini, pese a lo que digan de él sus referencias como crítico, encontré, primero, a un apasionado lector (esto implica que en efecto su tarea literaria sea ejercer con conciencia la validez de su juicio); y segundo, a un crítico plural, en el sentido de igualdad, esto es que dialoga con los textos sin imponer una línea, pero que, sin embargo, va matizando y enfrentándose a sí mismo en cada lectura. No por nada elige esta cita de Wilde para clarificar su labor en este libro: «La crítica literaria es la única forma civilizada de autobiografía que existe» (Nota preliminar).

Hermenáutica reúne ensayos breves, reseñas y fragmentos que navegan por ese mar de la elección que es la lectura. Tanto lector como crítico sufren el vértigo que produce surcar las aguas de esta pasión. Dicho de otro modo: este libro es un llamado a la crítica, a la conversación, propone un diálogo a partir de una poética personal que es el mar de sus lecturas.

Por otra parte, su sed de crítico lo lleva a destacar la importancia de multiplicar el discurso crítico y de formar un entorno cultural que favorezca la pluralidad de voces críticas, aunque reconoce una verdad harto conocida: no toda crítica forma discurso crítico.

La obra crítica de Luis Bugarini es un ramillete de lecturas y disparos. El autor comparte un método de lectura que resulta cercano. Gracias a su prosa, el lector no se empantana en la comprensión del ejercicio crítico. Lo que uno agradece pues es la mirada siempre atenta a una cartografía, en ocasiones, ajena al gusto literario del lector.

El primer apartado de Hermenáutica inicia con una reflexión alejada del discurso de autoridad. En ella, el crítico declara su meditación de la literatura y defiende sus entusiasmos y afinidades lectoras. Argumenta que, la crítica, para el lector, es un destino; más adelante aumenta la dimensión de sus comentarios para enunciar, de manera más exacta, «Cuarenta disparos críticos» que bien pudieran leerse como máximas o reflexiones, una detrás de otra, con afán de postular la misión primordial de la crítica según el autor. Su sentencia: «Quien se dice creador ejerce la crítica» (17). Este primer apartado se titula «Utópicos», acaso por causas que han sido reconocidas tanto por la crítica académica como por la crítica periodística, y que reparan, por un lado, en la apreciación de algunos mal llamados subgéneros ensayísticos, por ejemplo: el prólogo, la correspondencia y la antología. Además, en este apartado sus reflexiones reparan en la visión integradora de Bachelard, pasando por la seducción y el desencanto que genera la trascendencia de los hermanos Panero (y que abunda aun más en Leopoldo María), hasta desembocar en las pasiones críticas de George Steiner.

En el segundo apartado, «Atípicos», nos encontramos inmersos en un pasaje sobre Walser, Sebald y Vila-Matas, todos autores apasionados del paseo y la mirada errante. Interesan a Bugarini los tres acaso porque su forma de escribir nos revela que está sumergido entre estos referentes que bien descontextualizan y reelaboran una escritura espaciada en fragmentos. Leída con atención, la prosa de Luis Bugarini pudiera enfrentar ciertas asociaciones con las de estos autores. Al igual que Vila-Matas, Bugarini puede ser definido como un lector que escribe y que, además, tiende a ejercer la crítica.

El itinerario de Bugarini, a diferencia de lo que pudiera pensarse, no está gobernado por el azar, pues, pareciera ceñirse a la movilidad de escritores como Sergio Pitol, Thomas Bernhard, Magris y Zweig, entre otros. Estos autores son importantes para explorar la brevedad que tanto hechiza al crítico, pero no se trata de enfrentar concepciones estrechas, sino de sintetizar a partir de un lenguaje pleno y llano.

Sostenía Albert Camus: «La contradicción es la siguiente: el hombre rechaza el mundo tal cual es, sin aceptar escaparse». Dentro de esta referencia se entiende que para Luis Bugarini los autores «Distópicos» (tercera parte del libro) tienen que ver con la literatura testimonial. Novalis dijo: «La mismidad es el fundamento de todo conocimiento». Como comentario a este apartado, puedo decir que la selección de textos críticos puede resumirse como un reforzamiento de la personalidad crítica del autor. En el apartado encontramos a Mishima como el escritor más visible dentro de las obsesiones de Bugarini lector, las Confesiones del japonés son para Luis Bugarini «un canto a la dulzura de la diferencia». Es perceptible la inclinación del crítico por maestros como Cioran, Sontag y Kadaré unidos por las obsesiones que genera el vacío, la fotografía y la tragedia, respectivamente. De ahí que Bugarini logre conectar con estos autores en una sola escena: su propio interés.

La cuarta parte, titulada «Entrópicos» parte del análisis de Grossman, Cortázar, Rusell y Kawabata, para desembocar, en mi opinión, en el ensayo más profundo de todo el libro: «Postal de Borges y Buenos Aires» (150). Puedo agregar que este diálogo con Borges tiene un sustrato: es una elección voluntaria por la ciudad. Ya sea por fervor, por encuentro o por nostalgia, para ambos, autor y lector, la ciudad es un íntimo lugar. Si Borges encuentra a Schopenhauer gracias a Ginebra, como nos comenta Bugarini, Luis descubre la enigmática figura de Borges recorriendo Buenos Aires. Aunque el crítico no lo dice a cabalidad, un puñado de fuerzas implican toda una elección que puede mostrarnos su fidelidad a esta geografía. Fervor de Buenos Aires (1923) comienza la capitulación reseñística que Bugarini hace de la borgeana obra. El texto adquiere un ritmo intimista, son las evocaciones de un lector que presenta la movilidad de la poética borgeana. Este es el elemento central, a mi juicio, de la Hermenáutica planteada por Bugarini. Es sutil pero intenso. Conste: «Borges ajusta cuentas con ese lugar o lugares que, sin saberlo, lo formaron y en buena medida determinaron el límite de su tentativa como escritor». La elaboración de «Postal de Borges y Buenos Aires» explora la relevancia de Jorge Luis Borges al dialogar con Buenos Aires, no como lugar del orbe, sino como la metáfora de un lugar esencial, desde donde la expresión poética construye sus escenarios. Hay aquí una obsesión no sólo creativa sino crítica por revelar un misterio. Nada nos queda sino la palabra. Borges: «Ciudad de palabras, lugar incierto de sueños y nostalgias» (167).

A manera de conclusión, el autor de Hermenáutica se lanza a una divagación filosofante que pareciera recorrer terrenos un tanto azarosos. Lo que él denomina como «Opiniones contendientes» resultan en breves profesiones de fe súbitas y ordenadas como viñetas narrativas, fragmentarias y galopantes. En este epílogo el autor muestra su cariz más egoísta, entendiendo esto último como una apreciación desmedida del propio interés, es decir, el hilo de su pensamiento, pero no por esto se vuelve condenable. La crítica, para serlo, tiene que ser también egoísta, fiel a sí misma. Los fragmentos reunidos en este apartado por un lado resultan limitados y por otro crecen sin control, se desdoblan. Adviértase la idea: «Así, la literatura es un ir hacia alguna parte. Las luces del puerto quedan atrás y navegamos mar adentro» (192).

Luis Bugarini es un autor que cultiva la crítica con libertad y como «calistenia voluntaria». No considera la crítica una labor adivinatoria y cultiva tanto erudición como sensibilidad con cuidado. Al hablar de Hermenáutica debe uno evitar la imparcialidad y recodar, por tanto, que toda crítica debe evitar el altar y la pira: nada más difícil de lograr.

El crítico, que también ha sido autor de novelas, valida la concepción que implica desconfiar de un creador que no ha ejercido la crítica literaria. Conforme a lo que ha disertado en cada artículo, palidece en respuesta a una supuesta «objetividad» y resplandece al circunscribir su personal tarea, la crítica, más emparentada con la obsesión apremiante de una lectura atenta y reiterada; más cercana a la doxa pero sin tomar distancia del juicio. En otras palabras, a esa concepción que da lugar a lo que Reyes llama eje crítico, y que en palabras de Evodio Escalante resulta: «En un polo, el impresionismo; en el otro, el juicio». Celebro la posición del crítico Luis Bugarini, un testigo sensible de la creación en todas sus manifestaciones. Y Hermenáuticasu navegación lectora como flexión crítica– es una aventura literaria, devota a mantener en el estante más alto de su librero la fidelidad a su mundo.

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Ismael Lares (Durango, 1979) es crítico y ensayista. Publicó un artículo sobre el escepticismo y lo místico en José Revueltas en El vicio de vivir (Tierra Adentro, 2014), volumen editado por Vicente Alfonso. Asimismo, es autor del libro Abigael Bohórquez. La creación como catarsis (ensayo, Tierra Adentro, 2012).

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