Crítica de narrativa

Leer sobre la violencia en medio de la violencia

CC

Cualquier cadáver

Geney Beltrán Félix

Ediciones cal y arena

2014

Por Atenea Cruz

“Debo obligar a quien me lea a tomarse el vaso amargo”, dice Emarvi, el burócrata de medio pelo y aspirante a escritor que protagoniza Cualquier cadáver, con esta aseveración puede resumirse la intención primordial de Geney Beltrán Félix al escribir su última novela. Exhibiendo una prosa pulida, poética en momentos, potente y ácida, Beltrán va devanando la historia de un hombre común atrapado en una vorágine de violencia de la que es prácticamente imposible salir, especialmente porque es la única forma de vida que conoce.

La novela comienza con un hato de preguntas existenciales y un suicidio. Desde el arranque, el lector sabrá que se encuentra ante una narración que le exigirá buen estómago para resistir la crudeza de la realidad monstruosa que preferimos ignorar de forma cotidiana, y paciencia para llegar hasta el final de una serie ininterrumpida de eventos devastadores. La tragedia personal de Emarvi (el secuestro y asesinato de Adrián, su hijo de siete años) es apenas mero efecto colateral de la dinámica de un país regido por la violencia; este hecho particular es, a un tiempo, contrapunto y reflejo de la tragedia colectiva.

El cadáver de Adrián, el de Arinde (la hermana menor de Emarvi, muerta de cáncer) y el de Elvia (la vecina minusválida asesinada por ladrones) son uno mismo: cualquier cadáver que va a parar directo a las estadísticas que los medios informativos y el gobierno se encargan de maquillar para que podamos vivir en relativa paz, hasta que la violencia nos alcance. Sí, violencia, siempre violencia, no hay otra palabra para eso.

Geney Beltrán se vale de la alteración del orden natural de la muerte para reflexionar a propósito de la condición inútil, pero imprescindible, del arte y el envilecimiento humano. Emarvi, como Emma Bovary, es un personaje que al principio se antoja frágil y desamparado, pero que poco a poco se erige como un ser escrupuloso en el pensamiento, carente, además, de moral en sus acciones. Conforme se avanza en la lectura, el protagonista va revelando aristas de su personalidad que lo vuelven complejo y difícil de categorizar, el lector se preguntará si es justificable que las víctimas se conviertan en verdugos o qué tan inherente al Hombre es la agresividad gratuita; tanto se profundiza en la psicología de Emarvi, que el resto de los personajes desmerecen ante su tridimensionalidad.

El tono de toda la novela es de horror constante y sostenido, en ocasiones incluso hasta cansino, como bien lo apuntan dos de los personajes en una conversación hacia el final de la historia. Con un lenguaje a menudo trunco, violentado también en su sintaxis, el autor va y viene de la primera a la tercera persona para enjuiciar a los personajes a su antojo, desvestirlos, confesarlos ante el lector, quien también se sentirá exhibido. Beltrán aprovecha la calidad de diletante literario de Emarvi para exponer, por medio de esa voz, algo que podría tomarse como su propia poética de la novela.

Cabe resaltarse como un acierto el peculiar uso que hace Beltrán Félix de los signos ortográficos, en especial de los paréntesis. Por el contrario, me parece un fallo la inserción del Pérez Gracia, figura política que se antoja metida un poco a fuerza para darle un aire de contextualización innecesaria y hasta prescindible, considerando que no se llega a desarrollar, ni influye de manera determinante en la historia.

Independientemente de que los libros de Ediciones Cal y Arena no valgan como objeto lo que cuestan (sus precios son abusivos si se considera que el diseño y los materiales que usan dejan mucho que desear), este sello cuenta con la gran ventaja de tener entre sus filas a autores contemporáneos tan importantes como el brasileño Rubem Fonseca, entre otras propuestas interesantes que es recomendable conocer, y Cualquier cadáver es una de éstas.

En medio de esta etapa sanguinaria por la que atraviesa México, Cualquier cadáver es una lectura pertinente en tanto que observa y cuestiona de frente el estado de nuestra sociedad, nos obliga a dar el trago amargo que implica reconocer la deshumanización que conlleva sobreexponernos a la violencia y la amargura que deviene de nuestra aparente imposibilidad de remediarla. En este sentido, Geney Beltrán Félix cumple con la premisa que Antonin Artaud sostenía que debía dirigir el arte: “conmover para mover”. No se lee esta novela sin estremecimiento.

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Atenea Cruz (Durango, 1984) es escritora. Cursó la Licenciatura en Letras en la Universidad Autónoma de Zacatecas. Sobrevivió un tiempo haciendo corrección de estilo, ahora da clases de lengua y literatura. Ha impartido talleres infantiles de invitación la lectura y ha sido cuentacuentos. Poemas y cuentos de su autoría han sido incluidos en diversas antologías y publicaciones de orden local y nacional. Ha publicado los libros de cuentos Crónicas de la desolación (2002) y La Soledad es una puta (2005), así como los poemarios Diario de una mujer de ojos grises (2009) y Suite de las fieras (2013), este último fue merecedor del Premio de Poesía Beatriz Quiñones 2012. También ha obtenido el Premio Estatal de Cuento María Elvira Bermúdez 2002. Y en 2013 fue becaria del PECDAZ (Zacatecas) en la categoría de novela.

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