Crítica de narrativa

Nëwiin/Ñuu ko’yo/México

portada

Lauro Zavala (prólogo yselección)
Nëwempët matya’aky
Yásnaya Elena Aguilar Gil y Elena Vásquez Ramírez trads.
Ediciones del Ermitaño, 2013, 135 pp.

Lauro Zavala (prólogo y selección)
Ñàá ndasatutu kue kuendu kue Naá Nko’yo
Celerina Sánchez trad.
Ediciones del Ermitaño, 2013, 274 pp.

Por Guillermo Espinosa Estrada

Doy clases de literatura medieval en Cholula, Puebla. Ninguno de mis alumnos es cholulteca, casi ningún inscrito en esa universidad lo es, a diferencia de lo que ocurre con el personal de intendencia. Y aunque caminan por sus calles, se emborrachan en sus bares, van a la tortillería y al mercado, la gran parte de mis estudiantes no llega a intimar, nunca, con un cholulteca auténtico. Yo mismo, que estudié en esa misma universidad, no lo hice. La línea cultural que divide a mestizos e indígenas en este país, fracciona también a este pueblo, volviéndolo en ocasiones una mala novela de Carlos Fuentes.

Desde el aula no es tan sencillo hacerles mirar un poco más allá de sus ipads, pero lo intento desde las primeras sesiones. Es común, por ejemplo, que para dejar un poco más clara la reorganización política que se suscitó en Europa tras la caída del Imperio Romano de Occidente, apele a una situación hipotética. El día que este país colapse –sugiero– se dará un reacomodo similar, y comunidades hasta ahora marginadas, como Cholula, van a tener una ventaja intrínseca: su lengua, sus tradiciones, y su cohesión social les permitirá anteponerse con menores estragos a la fragmentación legal del territorio.

Por desgracia, desde el semestre pasado esta profecía tuvo una angustiante comprobación. Sólo comunidades indígenas como Cholula y Chalchihuapan han podido mantener a raya las políticas modernizadoras y desarrollistas de Rafael Moreno Valle.  La cuota ha sido alta –acoso policiaco, exiliados, presos políticos, heridos y un niño muerto– pero hasta ahora llevan la partida ganada.  La situación, todos lo sabemos, no es privativa de Puebla. Día tras día leemos sobre casos análogos que se replican a lo largo de todo el territorio nacional, historias donde sólo comunidades verdaderamente sólidas pueden sobreponerse a los abusos del neoliberalismo.

Arranco esta reseña con una digresión porque no puedo leer el libro que me gustaría comentar. No existe una justificación para ello: como la gran mayoría de los escritores de este país, no leo mixteco ni mixe, ni ninguna de las otras lenguas que se hablan en México. Han existido excepciones, claro está —Salvador Novo leía náhuatl al mismo tiempo que inglés y francés; Carlos Montemayor traducía del latín y el griego, así como del maya—, pero yo, como mis estudiantes, no he querido atravesar la barrera lingüística que divide mi país de los otros muchos que se expresan en idiomas distintos.

Sorpresivamente, la indiferencia no es recíproca. El año pasado, Ediciones el Ermitaño puso en circulación un par de libros que, en México, aún nos resultan anómalos: una antología de literatura mexicana del siglo xx traducida al mixteco y al mixe.  No, no son el típico volumen bilingüe donde una página tiene el texto original y la otra –subalterna– muestra la versión traducida.  Estos libros han sido publicados en mixteco y mixe en su totalidad, lo que produce una afortunada sensación de diversidad y extranjería.  Sé que el prólogo y la selección fueron realizados por Lauro Zavala, y que los textos fueron traducidos por Yásnaya Elena Aguilar Gil, Elena Vásquez Ramírez (al mixe), y Celerina Sánchez (al mixteco) porque hojeo los libros y lo poco que puedo identificar son los nombres propios. Eso y algunas otras cosas que, a falta de una palabra mejor, se expresan en castellano: el mixteco no tiene términos para designar los géneros literarios, por ejemplo, y el mixe queda a deber con «jirafa» «ajolote» e «hipopótamo», mientras que ambas claudican ante el anglicado «celular». ¿Cuántas de sus palabras serán intraducibles para nosotros?

Ante mi incapacidad lingüística, lo único que podría haber comentado sería lo predecible de la selección, por eso preferí recurrir a mi anécdota escolar. Al menos ésta me da pie para concluir con lo siguiente: un día, insisto, este país va a colapsar y, con excepción de asentamientos milenarios como Cholula, pronto se convertirá en un mal recuerdo. Un paréntesis fatídico que por poco más de doscientos años ensombreció los territorios de Mesoamérica. Mientras eso sucede, no sería mala idea ir traduciendo a muchas otras lenguas amerindias esta antología, u otra más completa, para que se mantenga como testimonio de lo indiferente y desdeñoso que fue este país con sus poblaciones autóctonas. Libros que, como Nëwempët matya’aky y Ñàá ndasatutu kue kuendu kue Naá Nko’yo, traduzcan al zapoteco, al tzotzil o al purépecha a José Vasconcelos –el indio no tiene otra puerta hacia el porvenir que la puerta de la cultura «moderna»–, a Martín Luis Guzmán –«la masa indígena es para México un peso y un estorbo»– y a muchos otros que, como el Estado mexicano mismo, apostaron por su desaparición y exterminio. Al hacerlo no sólo obtendrán una revancha simbólica, también legarán a la posteridad el esbozo de un enorme fracaso político: «México», un Estado incapaz de producir un discurso que llegará a representar a todos sus ciudadanos.

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Guillermo Espinosa Estrada ha publicado ensayos, artículos y reseñas en revistas como Letras libres, Nexos, Luvina, Casa del tiempo y Tierra Adentro, entre otras. Su libro de ensayos La sonrisa de la desilusión fue publicado por Tumbona Ediciones a finales del 2011.

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