Artículos/Diccionario | Ideas para el siglo xix

Ideas para el xix | Caca y pipí

Por Álvaro Enrigue

 En los artículos firmados con su nombre, Gutiérrez Nájera escribía como un ciudadano liberal, responsable y decente, ferozmente leal al régimen: protestaba contra el aluvión de pirujas que inundaba por temporadas las calles, contra los excesos del periodismo oposicionista o la necedad de no invertir en la educación de los grupos indígenas. Cuando estaba montado en la máscara de alguno de sus seudónimos o, sobre todo, utilizando las libertades que le concedían sus crónicas para «señoras» –que seguramente leían los señores, pero nunca lo hubieran admitido–, podría ser un crítico social y político fino y feroz. Esos dardos cargados de veneno crítico, nunca dirigidos directamente al dictador, pero a menudo destinados a las decisiones de su administración, tienen la peculiaridad de haber sido escritos utilizando las herramientas de lo corporal y sus deyecciones.

Nadie elaboró en su tiempo como él sobre las imágenes coprológicas tan a la mano en una ciudad que, por su topografía de cazuela, vivió azotada por la imposibilidad del drenaje. Sus víctimas podían ser cualquier persona, cosa o circunstancia, pero siempre tenían que ver con la imagen de la autoridad. En un artículo firmado con el seudónimo Gil Blas, apuntó a propósito de la prohibición sobre la venta de bebidas alcohólicas     –excepto cerveza– a partir de las once de la noche: «Parece, sin embargo, que la cerveza es una bebida altamente moral y que no embriaga. Doblemos la cabeza ante estas inefables decisiones y pidamos que establezcan en las calles cuatrocientas columnas mingitorias». Sobre Manuel Payno, dijo bajo el seudónimo de Recamier por los días del nombramiento del novelista como miembro de la Real Academia de la Lengua Española: «Ese Fistol del Diablo se publicó por entregas dando provecho a los editores y el autor. Y es curioso saber cómo escribió esa novela. No tenía plan alguno, se le olvidaban hasta los nombres de los personajes que ponía en juego, y cuando iban de la imprenta a pedirle original, le hallaban siempre sentado en un hueco cuyo nombre callo y que, por más señas, huele mal. Allí, entregado a dos ocupaciones simultáneas, escribía, sobre una tabla puesta en las rodillas, la entrega del día siguiente». Sobre el problema del aseo en una ciudad en la que la gente cagaba al aire libre, también como Recamier: «Pero en las dudas, yo aconsejo a mis lectores que cuando miren la inmundicia, hállense donde se hallen, le den parte al gendarme. Y si no quieren dar parte, que lo den todo».

Su impertinencia floreció en la crónica de sociales para señoras como en ningún otro de los géneros a los que dedicó su vida. Es ahí donde el cuerpo de dandy de Gutiérrez Nájera, sumado al veneno sutil de su prosa hábil en encontrar resquicios para la majadería y la franca injuria, lo revelaba como un enemigo sigiloso y paciente de la rigidez porfirista. Católico y culto, es imposible que no haya notado las resonancias bíblicas y políticas del seudónimo Duque Job, al adoptarlo de una comedia francesa hoy bien sepulta. En la soledad de su gabinete, rodeado de libros, protegido por el humo de sus cigarros y transido por la gracia del cognac, debió pensarse como un personaje condenado al enfrentamiento con el Leviatán del Estado mexicano sin más armas que la provocación discreta y noble de una gardenia en el ojal del jaquet.

En una nota de 1879 publicada bajo el seudónimo de M. Can-Can, dice Gutiérrez Nájera: «Bien considerado, lo que es bailes ya tenemos. Pero cursis. El general Díaz dio en Palacio uno a los ministros de Portugal y Bélgica». Hay que considerar la fecha en que la frase fue escrita para notar la gravedad del insulto: la acepción de la palabra «cursi» suponía por entonces, todavía, la calificación de «trepador». Y todavía remata un poco más adelante: «Alguien dice que el presidente bebió agua contenida en un vaso de porcelana que le presentaba al mozo para que lavara, si quería, sus dedos. ¡Qué malo es el tal don Porfirio! ¡Presidente y hecho todavía un Arturo».

Referencias

Díaz Alejo, Ana Elena. «Manuel Gutiérrez Nájera, cronista». Memoria. Coloquio Internacional Manuel Gutiérrez Nájera y la cultura de su tiempo. Yolanda Bache Cortés, et al, eds. México: UNAM, 1996.

Gutiérrez Nájera, Manuel. «A Hidalgo». El mundo ilustrado. México: 13 de septiembre de 1891.

______. Los imprescindibles. Selección y prólogo de Rafael Pérez Gay. México: Cal y Arena, 4ª ed., 1998.

*Reproducido el texto íntegro de Valiente clase media: Dinero, Letras y Cursilería. Barcelona: Anagrama, 2013. (48-50), con autorización del autor.

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Álvaro Enrigue (México, 1969) ganó el Premio de Primera Novela Joaquín Mortiz en 1996 con La muerte de un instalador. Ha publicado los libros Hipotermia (2006), Decencia (2011) y más recientemente Muerte súbita «31º Premio Herralde de Novela» (2013). Es doctor en letras latinoamericanas por la Universidad de Maryland y su tesis doctoral se publicó en Anagrama bajo el título Valiente clase media (2013).

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