Artículos/Diccionario | Ideas para el siglo xix

Ideas para el xix |Ciencia

Por María del Pilar Blanco

La palabra ciencia en el siglo diecinueve mexicano no posee el mismo significado disciplinario que ésta ha adquirido a través de los siglos veinte y veintiuno. Si para nosotros la ciencia denota más que nada todo conocimiento que concierne el mundo físico, para los mexicanos decimonónicos ésta abarcaba una serie de preguntas sobre la humanidad, la naturaleza y el espíritu que estaban a su vez vinculadas a la entrada de la república mexicana en la modernidad occidental.

A partir de fines del siglo dieciocho se fue desarrollando el interés en el adelantamiento de la ciencia mexicana en un momento en que las naciones de Europa occidental ya establecían sus infraestructuras científicas e industriales. Entre el 1788 y 1795 José Antonio Alzate y Ramírez publicó la Gazeta de Literatura de México, donde aparecían traducciones de artículos europeos sobre la naturaleza mexicana. Según Fiona Clark, Alzate y Ramírez utilizaba estos artículos para que los mexicanos se fueran interesando más profundamente en su ambiente y en los recursos naturales de su país natal. Los primeros años del siglo diecinueve, que fueron también los últimos de la colonia, fueron difíciles para la ciencia mexicana. Como indica José Antonio Cervera, durante esta época turbulenta hubo poca actividad científica. Por su parte, Ramón Sánchez Flores declara que, a pesar del surgimiento de publicaciones como las disertaciones del mineralogista Andrés del Río, el desarrollo tecnológico en México fue escaso en la primera mitad del siglo.

Durante el transcurso del siglo diecinueve, las noticias sobre los avances científicos mundiales aparecían mayormente en periódicos y revistas donde también se discutían temas artísticos y literarios. A partir del 1867 notamos una transformación sustancial en torno a la cultura científica en México. Éste es el periodo que asociamos con el positivismo mexicano, filosofía invocada en la «Oración cívica» de Gabino Barreda del 1867. En su revista El mundo científico (1877-78), una de las primeras publicaciones en empujar la divulgación de la ciencia a un público general, Santiago Sierra escribe que Maximiliano I cuidó el Bosque de Chapultepec «con esmero», cultivando ahí «plantas raras y exóticas», y estableciendo «una pequeña y bonita menagerie» («Un museo de historia natural», 7 de julio de 1877). No obstante, Sierra describe estos esfuerzos como inútiles, y propone en esta nueva fase republicana el establecimiento de museos y sociedades científicas en México similares a los de Europa occidental y los Estados Unidos. Sierra es uno de muchos periodistas decimonónicos que ven una simbiosis entre la invención científica y la literaria. A pesar de la importancia del positivismo, filosofía que se fue infiltrando en distintas áreas de la sociedad mexicana, en los años de la república restaurada se celebraron debates públicos centrados en el tema del materialismo científico y el espiritualismo. En abril y mayo de 1875, por ejemplo, en un famoso debate en el Liceo Hidalgo, José Martí (aliado con Santiago Sierra, entre otros) profesó entre aplausos que había «aprendido (su) espiritualismo en los libros de anatomía comparada» y en los libros del positivista Ludwig Büchner. En este contexto, vemos cómo la palabra ciencia no se limita a la tecnología o a ramas discretas de la ciencia (astronomía, química, biología). Al contrario, la ciencia –en esta sociedad al fin y al cabo secular– va más allá de lo que concierne el mundo físico y en cierto modo se convierte en pseudo-religión.

Al subir al poder Porfirio Díaz, esta doctrina que se había debatido en liceos y periódicos se convirtió aún más en herramienta política. Lo que Charles Hale llama «política científica» se desarrolló en la república restaurada y se solidificó durante el porfiriato. En el 1892 se les da el dudoso título de «científicos» a un número de figuras públicas –entre ellas Justo Sierra y Emilio Rabasa– que apoyaban la reelección de Díaz «por la demostración con hechos cada día más notorios de que se conoce el valor de esa fuerza mental que se transforma en inconmensurable fuerza física y que se llama la ciencia». Esta justificación cristaliza la evolución del significado contradictorio de la palabra ciencia a través del siglo diecinueve en el país: es un término que pasa de sistema de conocimiento del mundo natural para tornarse en retórica y credo oficial de la nación, sin poder apoyarse en una firme infraestructura científica. Como bien lo puso Alfonso Reyes en su relato sobre el sistema educativo porfirista: «Se oxidaba el instrumento científico. A nuestro anteojo ecuatorial le faltaba nada menos que el mecanismo de relojería y las lentes, de suerte que valía lo que vale un tubo de hojalata».

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María del Pilar Blanco es catedrática (Associate Professor) en la facultad de lenguas modernas de la Universidad de Oxford y Fellow de Trinity College. Es autora de Ghost-Watching American Modernity: Haunting, Landscape, and the Hemispheric Imagination (Fordham University Press, 2012) y con Esther Peeren editó Popular Ghosts: The Haunted Spaces of Everyday Culture (Continuum, 2010) y The Spectralities Reader: Ghosts and Haunting in Contemporary Critical Theory (Bloomsbury, 2013). Su nuevo proyecto de investigación explora las conexiones entre literatura y ciencia en América Latina a finales del siglo xix.

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