Artículos/Diccionario | Ideas para el siglo xix

Ideas para el xix |Leer

Por Yliana Rodríguez

Leer es un verbo y es un verbo viejo. De la definición del Tesoro de Covarrubias, «pronunciar con palabras lo que con letras está escrito», a la que ofrece el DRAE en su edición 23ª, «Pasar la vista por lo escrito o impreso comprendiendo la significación de los caracteres empleados», han transcurrido, por lo menos, 340 años. Las diferencias entre ambas descripciones son manifiestas: van, de dar voz a lo escrito, a comprenderlo en silencio. Van, de restringirse a lo puramente verbal, a incorporar lo impreso. No es poca la distancia temporal, tampoco lo es la cultural; con ella se establece la existencia de dos sujetos, de dos prácticas, de dos códigos: la del lector y la del leedor; la de lo verbal y la de lo no verbal. Se trata de dos modos de apropiación del texto también (dicho esto con Ricoeur). Más adelante, estas dos maneras de hacerse del texto se negarán una a la otra, adquiriendo rangos, jerarquizándose. Por un lado estarán los que leen por sí mismos, los que eligen, descifran, reflexionan, digieren, elaboran, producen. Por el otro, los que escuchan o los que simplemente descifran.

Saber que leer viene del latín, légere, cuyo significado original es ‹coger, escoger, repasar›, nos obliga a pensar en la palabra de otro modo. De légere derivan vocablos como legión, inteligencia, sortilegio, elegir, leyenda, sacrilegio. Comparte la raíz del verbo latino con legein, del griego, que significa lo mismo: ‹elegir›. ‹Escoger› y ‹elegir› son acciones similares, que proceden con fin al preferir una cosa sobre otra. Pero ‹escoger› es también ‹discernir›, y ‹discernir› es ‹distinguir› una cosa de otra, advirtiendo divergencias. En inglés, por ejemplo, read tiene raíces múltiples; una de ellas, raten, de origen alemán, significa ‹advise, guess, interpret (a riddle or dream)›. Esto es, ver, considerar, adivinar, interpretar un acertijo o un sueño. El texto, según esta definición, se hermanará con la adivinanza, y la lectura será, finalmente, la resolución de un enigma.

La historia de las palabras es fascinante, sin duda, y es, como afirma Antonio Alatorre, continua. ¿Qué quiere decir esto? Que la lengua está viva y que por lo tanto está sujeta al cambio, pero, sobre todo, que estos cambios se pueden rastrear. Recorrer las acepciones de un vocablo es casi como hacer un viaje en el tiempo y en la historia de las ideas. Leer es ‹comprender›, ‹entender›, ‹descubrir›, ‹adivinar›,‹descifrar›, ‹enseñar›, ‹explicar›, en ese orden. Sus acepciones abarcan prácticamente todos los verbos con que describimos el entendimiento. La carga semántica de leer es, como se ve, monumental. Leer es, además, un verbo modelo de conjugación irregular, siendo él regular desde el punto de vista morfológico (su particularidad radica en el sonido vocálico /i/ de algunas de sus desinencias que, cuando aparece entre vocales, muda al sonido consonántico /y/).

Leer es, pues, un verbo complejo. Culturalmente, la lectura, por su naturaleza de práctica social influyente, compleja, libre, ha sido un ejercicio susceptible de dictamen. No hay nada peor que un juicio, pero al decir esto estamos haciendo un juicio; es imposible escapar a la tentación. Por un lado colocamos lo bueno y por el otro lo malo; escogemos lo correcto y rechazamos lo incorrecto; abrazamos lo valioso y desechamos lo fútil. Así, hay quien afirma que la lectura es un acto que va más allá del mero desciframiento, que alcanza la comprensión y la construcción de significados. Lector y leedor, desde esta perspectiva, son sujetos de diversas calidades. Uno es sofisticado y el otro elemental. Uno es bueno y el otro es malo. Uno tiene competencias, el otro carece de ellas. Uno está alfabetizado y el otro es analfabeto funcional. Insistir aquí en lo que han dicho Borges, Pennac y Manguel («El verbo leer no admite el imperativo»), ahora que nos suponemos mejores gestionadores del impulso a la lectura, es negar una realidad consustancial a la práctica.

En el siglo xix, leer era un ejercicio aparentemente simple, pero peligroso. Se aprendía a leer para adquirir los pertrechos que todo cristiano debía poseer (leer, además, era un conocimiento independiente de la escritura). Recordemos que en 1812, con la promulgación de la Constitución de Cádiz, se abolió la prohibición establecida en la Cédula Real del 4 de abril de 1531 que impedía la llegada a la Nueva España de libros de romances, de historias triviales –es decir, de textos cercanos a la narrativa de ficción–, bajo el argumento de que esos textos constituían un «mal ejercicio para los indios, e cosa en que no es bien que se ocupen ni lean». Podemos decir que el peligro de los libros de ficción se robustece en la medida en que sus lectores se hallan en los grupos sociales con menor acción en la esfera pública (esto es, los indios entonces; las mujeres, más tarde), pero con inminente acceso a ella (aunque sea de modo indirecto, nada menos que desde la educación de los futuros ciudadanos): la libertad de la lectura silenciosa empieza a ser una amenaza. El discurso higienista tiene injerencia absoluta en el tema: «autorizado a intervenir sobre el cuerpo femenino, advierte sobre los efectos perniciosos de la lectura: leer novelas daña la salud».

Así, la lectura en el siglo xix enfrenta inquietudes centrales: 1) una evidente preocupación por la mala lectura o la lectura errónea (que se verifica en el manifiesto cultivo de la novela de tesis), de la que se derivan, 2) la desconfianza, por parte de los escritores, en la capacidad lectora de su público (conformado en su mayor parte por mujeres, esto es, los «subordinados sociales»); 3) la absoluta autoridad de la voz narrativa (en la figura de maestro, padre y esposo), 4) la disputa entre los conceptos «ausencia de lectores» vs. «lectura enferma» (o frenesí lector) y 5) la disputa fantasma entre textos buenos vs. textos malos. Añado dos últimas: 6) la lectura silenciosa, calificada por Chartier como vulnerable y falible. Detrás de esta intranquilidad hallamos al sujeto que escucha, al que no lee; 7) la peligrosa, y sospechosa, lectura de imágenes. Hay una profunda animadversión hacia la influencia de lo visual sobre lo verbal.

La novela fue el género predilecto del siglo xix mexicano. A despecho de la prohibición real, está comprobado que una buena cantidad de novelas entraron de modo solapado a la Nueva España. En todo caso, el término de la prohibición derivó, además, en el nacimiento de la primera novela mexicana, El Periquillo Sarniento (en 1816), y en un crecimiento significativo de la publicación de periódicos y revistas donde la narrativa de ficción encontró lugar. Finalmente –y esto sólo para ilustrar el auge del género en el siglo xix–, de 1835 a 1850, es decir, en apenas quince años, se editaron en México, en periódicos y revistas literarias, más de ochenta novelas cortas. Los lectores eran pocos, pero se leía mucho; al contrario de lo que sostiene Michel Melot con respecto a la Francia actual: los lectores son más, pero se lee menos. Leer era una acción común, y por común quiero decir habitual, pero también propio de la comunidad, de la generalidad de las personas: una práctica social. ¿Cuáles eran estas maneras de leer? Imposible saberlo con seguridad. Podemos aventurar algunas: que se leía en voz alta a la familia, a la comunidad, que se re-narraban, una y otra vez, los relatos escuchados, que se leían imágenes, que había gabinetes de lectura, que había clubes clandestinos de lectura. Leer no era una acción que se ejecutaba solamente leyendo. Y no fue sólo por medio de la lectura efectiva, individual, autónoma, solitaria, silenciosa, que la literatura se filtró en el imaginario social de la época. Sabemos que sabemos poco de la lectura en el siglo xix mexicano, pero los rastros que ha dejado son testimonio de una comunidad de lectores no ficticia.

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Yliana Rodríguez González es doctora en letras con especialidad en literatura mexicana por la Universidad Nacional Autónoma de México. Es profesora-investigadora de tiempo completo del Programa de Estudios Literarios de El Colegio de San Luis desde 2013. De 1994 a 2013 fue investigadora de proyecto en El Colegio de México y secretaria de redacción de la Nueva Revista de Filología Hispánica; se desempeñó como profesora de asignatura en el Centro de Enseñanza para Extranjeros (CEPE), de la Universidad Nacional Autónoma de México, de 2006 a 2103. Su línea de investigación, la literatura mexicana hacia el final del siglo xix y principios del xx, se dirige principalmente al estudio de las prácticas lectoras, con énfasis en la relación entre imagen y lectura.

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